Depresión y fármacos

Desde aquí os digo, amigos, que los fármacos no son la panacea a vuestros males. Tal vez lo sea en casos extremos, en casos perdidos e incontrolables, en renglones torcidos y sin remedio; pero yo no hablo de tales casos, yo hablo de mi caso en particular, y de aquéllos que, como yo, son conscientes de su enfermedad y no han sucumbido a sus argucias; gente al tanto de sus limitaciones que no se han dejado engañar por su orgullo, sino que han aceptado su destino y han encontrado su camino tras 40 años vagando extraviados por los desiertos de la frustración y la amargura.

Gente incapaz de llevar una vida convencional, tal vez, de establecer una cadena de amistades, de relaciones, de mirar siquiera firmemente a los ojos sin que se desborde por ellos su ansiedad y su tristeza; incapaces de hilvanar un discurso en alta voz y que son víctimas constantes de los accesos de un arrebato incontenible, de los avatares de una enfermedad incomprensible, sí, pero personas al fin y al cabo que nunca arrojaron la toalla, y que con el paso de los años aprendieron a ser pacientes, a consolidar su fe, a profundizar en su problema y templar su agonía tras un maduro y reflexivo análisis de su persona aun siendo conscientes de que su gemelo géminis les acompañará hasta la sepultura.

Para tales individuos que hallaron su camino, la razón de su existencia, algo por lo que luchar y vivir, y que pueden por ello llegar a convertirse en personas de vital importancia para el devenir de las sociedades, para tales individuos, digo, sería un riesgo y una locura encomendar su mente a los fármacos sin garantías de curación; una temeridad por su parte arriesgar su imaginación portentosa simplemente para templar su agonía por un breve espacio de tiempo y sentirse un poco mejor, al menos hasta el siguiente acceso. Sería un riesgo, sí, aventurarse a caer en la dependencia de un fármaco e inutilizar su capacidad, sedar su talento, castrar su imaginación y coartar el torbellino de ideas y relaciones que les acometen en aluvión.

No olvides, amigo artista, que ese mismo poder que te hace morder el polvo es el que te propulsa hacia el arrebato artístico, el que te hace cabalgar por las esferas celestes de la imaginación y el pensamiento, el que te hace desafiar al viento y la tormenta y no poner tasa a tus capacidades. No olvides, amigo artista, que el potencial del enfermo lleva implícito un prodigioso talento que no podemos arriesgarnos a perder.

El enfermo mental, haya o no hallado su camino, ha de ser consciente de que es un ser enfermo de un mal contra el que no existe cura. Ha de aceptar su destino, su condición de ser desdichado, pero a la vez insólito y sorprendente, y asumir su rol, que puede llegar a ser un rol muy brillante y digno de mérito. El enfermo mental puede aceptar este destino con valentía y resignación, o bien puede sucumbir y dejar que arrebaten su energía y dilapiden su asombroso poder, su tesoro. Es libre de aceptarse como es, con sus taras y limitaciones, o arriesgarse a convertirse en muerto viviente, el precipicio hacia la pérdida de la identidad, el principio del fin…

…pero tampoco os desmoralicéis en exceso; para todo aquél que haya encontrado su camino, que sepa que el trecho más espinado ya ha sido superado, y que atrás quedó el largo peregrinaje por las tierras baldías del desierto de la desesperación y la impotencia; y que aunque las tinieblas regresen a su vida, volverá a iluminársele la luz de tu camino, el suyo propio, su camino de salvación.

A mí al menos es lo que me ocurre…

camino

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2 pensamientos en “Depresión y fármacos

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