Bella Durmiente (versión depresiva)

Duerme, Bella, duerme...

Tras una larga esterilidad, el rey y la reina tuvieron al fin una hija a la que llamaron Bella. La providencia tuvo la dicha de colmar de dones a la hermosa niña, y Bella creció feliz y sin preocupación, ajena a los nubarrones que se cernían sobre su persona y que presagiaban una terrible desgracia. Bella alcanzó la edad de 15 años dando suficientes muestras de su gracia, inteligencia, alegría y bondad como para granjearse el amor de su pueblo y ser adorada por la mayoría de sus súbditos, quienes auguraban en ella una soberana justa y carismática.

Sin embargo, por una extraña y despiadada maldición, al llegar a la adolescencia Bella tuvo la desgracia de pincharse con el huso de una rueca y caer prisionera de un profundo sueño que se volvió pesadilla por el terrible influjo de una psicosis maniaco depresiva.

La vida de ensueño vivida hasta entonces por la joven se tornó un recuerdo doloroso, y Bella, antaño alegre y encantadora, se volvió triste y melancólica, taciturna, ensimismada, desconsolada…

Largas noches pasaba en vela, revolviéndose entre las colchas de su cama, discutiendo consigo misma por el origen de aquel extraño mal que ninguna de las tres hadas buenas que fueron invitadas a su bautizo le supo presagiar.

-¿Y si la vida de ensueño vivida hasta entonces no fue más que una fantasía de mi mente y esta pesadilla que ahora sufro la dura realidad? –se preguntaba Bella desconsolada.

Mientras, el resto de cortesanos proseguía su rutinaria existencia, ajenos por completo a la enfermedad de la joven, la cual achacaban a típicos cambios de humor propios de un jovencita vívida y excitable como ella. Y confiaron en que con el tiempo superaría el mal trago que causó en ella la adolescencia y que pronto asumiría sus atenciones como heredera al trono con responsabilidad.

Desgraciadamente, el pinchazo había sido nefasto, y el mal no tardó en propagarse hasta las entrañas de Bella, enturbiando su noble sangre de hiel y bilis. Sumida en un laberinto de desolación y tristeza, la joven perdió el interés por cuanto la rodeaba, incluso por su propia vida.

Los súbditos del reino reprocharon a Bella su actitud, que tildaban de egoísta y vanidosa, y no tardaron en darle la espalda. La joven y adorable princesa, destinada a convertirse en la futura reina y gobernar su nación con equidad y entereza, acabó irremediablemente siendo repudiada por aquellos mismos que la habían idolatrado, que la acusaron de perezosa, huraña y negligente.

-Ojalá me bastara un simple beso en la mejilla para despertar de mi pesadilla y acabar de una vez con mi amargura –se decía la joven abrumada, que miraba su rostro reflejado en el agua turbia del estanque. Ojalá fuese posible –decía- y lograra abrirme camino entre la selva de espinos negros que esta maldición ha hecho brotar en torno a mi ser y que me desgarra el alma a tiras

¿Cómo habré de hacerlo –continuaba Bella su soliloquio- sin la ayuda de un hada mágica? ¿Sin más escudo que mi coraje ni otra espada que mi tesón? ¿Cómo me abriré paso hasta matar al dragón, que echa fuego por las fauces y hace que hierva mi pasión? ¿Cómo, si me miro en el espejo y comprendo entonces que el dragón soy yo, que resopla dentro de mi ser, mi otro yo, mi sombra que nunca me abandona?

Ojalá hubiese caído en un profundo sueño…

Ojalá se tratase de un cuento de hadas y durmiese para siempre…

Bella2

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