Bella y Bestia (versión depresiva)

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Por un acuerdo entre su padre y Bestia, Bella fue obligada a hacer compañía al monstruo en su viejo castillo. Después de meses conviviendo bajo el mismo tejado, Bella no había tenido ocasión de contemplar el rostro de su anfitrión. Convencido de su monstruosidad, Bestia evitaba siempre mostrarse ante la joven, a quien contemplaba oculto a través de los espejos del largo corredor, o bien la atisbaba por los agujeros practicados a los ojos de los retratos del salón.

Encerrado a solas en sus aposentos, Bestia se dejaba carcomer el ánimo por los funestos pensamientos que le descarnaban el alma y que le convencían de su patética existencia y de su escasa valía. Y puesto que en realidad se creía Bestia, no deseaba que nadie le viese así, en especial Bella, de quien se había enamorado tan profundamente.

El único tiempo en que Bella y Bestia coincidían era durante las comidas. Así y todo, el entristecido varón apartaba su plato hacia el rincón más oscuro del salón y comía de espaldas a su huésped, para evitar que Bella sintiese náuseas de su cercana presencia.

En cambio, un día que le ayudaba a recoger los platos de la mesa, Bella vio casualmente reflejado en una bandeja el rostro de Bestia, y sorprendiose al descubrir en él a un hombre de bellas facciones y espíritu amable y tierno. Quiso así anunciárselo a Bestia, pero éste la rechazó de un manotazo y la increpó duramente por osar levantar su mirada hacia él sin su permiso.

-Bestia, ¿por qué os hacéis esto? ¿En verdad no veis que sois un hombre hermoso? –insistió Bella.

No obstante sus tiernas palabras, Bestia imaginó que la joven quería burlarse de él y de su fealdad, engañado por su arraigada desconfianza.

-¡Vete! ¡Vete y déjame a solas te he dicho! –respondió el monstruo con acritud.

Y sin hacer caso alguno de la hermosa muchacha, acabó por expulsarla de su castillo, conminándola a no regresar más o de lo contrario acabaría por espachurrarla como a una rosa y arrojarla al estanque del jardín.

Y así fue cómo Bestia permaneció a solas en su castillo, consumido por sus funestos pensamientos de dolor y tristeza que paulatinamente le arrebataron su vida y sus esperanzas de ser algún día feliz.

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Bufón Coronado.

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