Extracto de “Tito (¡mis aventuras comienzan aquí!)”

Sé que hace un par de posts os dije que publicaría un nuevo relato de misterio. La situación ha cambiado. Hasta la fecha tengo 7 historias preparadas y he pensado que con unas cuantas más podría completar un buen libro de relatos de terror. Me llevará algún tiempo aún. Cuando lo tenga completado lo avisaré en un post y entonces es muy posible que cuelgue otro relato.

Por cierto que ésta será probablemente la foto de portada del libro:

Calavera

Os dejo un extracto de mi novela “Tito.” Pertenece a uno de los capítulos que discurren en Cuernavaca, el pueblecito de montaña donde el protagonista pasa la Navidad junto a sus familiares.

La aventura comienza con que los rapaces de Raboltoro, el pueblo vecino y enemistado con Cuernavaca desde tiempos inmemoriales, tienden una emboscada a Tito y a sus primos, que son humillados y abandonados en mitad del bosque con los calzones llenos de nieve y las lenguas pegadas al hielo que recubre el cartel de bienvenida al pueblo.

Tras ser liberados por el lechero, Tito y sus primos acuden a Jujo, el hijo del alcalde y el chico más forzudo de los contornos, y juntos planean usurpar el badajo de la campana de la iglesia vecina como represalia, lo que dejará sin campanadas de Año Nuevo a los habitantes de Raboltoro.

Tras sufrir en sus carnes tan hiriente escarmiento, el ilustre alcalde de la villa rival, don Aureliano Morcillo, se persona con su séquito en Cuernavaca para exigir indemnizaciones:

—Señor alcalde de la respetabilísima aldea de Cuernavaca, dos puntos —comenzó su excelencia a hilvanar su discurso con la solemnidad que requería el caso—: Tengo varias cuestiones que dicirle a su ilustrísima persona. Punto primero: que la fechoría que sus hijos, oseasé, los hijos de Cuernavaca, comitieron ayer noche contra la excelentísima aldea de Raboltoro, es una canallada que no tié nombre —sentenció el alcalde para ir abriendo boca, secundado por un sinfín de expresiones de apoyo rotundo e incondicional de sus secuaces—. Punto segundo —continuó el alcalde sin perder el hilo ni su tono enfático y petulante—: exigimos, en nombre del alcalde de Raboltoro, el ilustre don Aureliano Morcillo, oseasé, yo mismo, las disculpas de los chicuelos de su pueblo. Oseasé, que los hijos de Cuernavaca se vengan a pedirnos perdón a los habitantes de Raboltoro; y que una vez nos hayan suplicado por nuestro perdón, nos los dejen en nuestra custodia pa que sean sancionados según la normativa de nuestra villa, ¡ea!

—¿Y qué normativa es ésa, si pué saberse? —requirió a su vez nuestro alcalde sin dejarse intimidar por el tono de su colega.

—La que yo dicto y que manda tajarles la mano a los usurpadores de campanas. ¡He dicho!

—¡Pues va usté listo si cree que vamos a claudicar! —se mofó nuestro alcalde, ajustándose la faja hasta bien arriba de su ombligo en señal de desafío.

El escozor provocado en la honra de su rival dio alas a nuestro regidor, quien dio un paso al frente y, envalentonado, se dirigió a su contrincante en parecidos términos a los que empleara éste en su discurso:

—Señor alcalde de Raboltoro —dio pie nuestro gobernante a su arenga—: Yo, don Marcelino Revilla Rebollo, alcalde de la, como usté bien dice, respetabilísima aldea de Cuernavaca, atestimonio que, dos puntos: ¡ni mis hijos, ni los hijos de Cuernavaca irán jamás a su pueblo a pedirle perdón a usté o a sus paisanos! ¡Que le quede esto mu claro! —declaró firmemente el encopetado dignatario alzando el tono de su voz, lo que causó la turbación del visitante—. Los hijos de Cuernavaca sólo son culpables de una cosa: de comportarse como hombres al risarcirse de la afrenta que les causaran los hijos de Raboltoro, y eso en mi pueblo no es delito, sino una… una… ¡algo mu digno de alabanza, y ya está! ¡Y si alguien le tié que pedir perdón a alguien son sus hijos a los nuestros por haberles robado y humillado como lo hicieron! ¡Y no s´hable más! —sentenció el papá de Jujo, aprovechando el desconcierto de su interlocutor.

La réplica de nuestro señor alcalde avivó los aplausos de sus súbditos. Cuando éstos se hubieron sofocado, el alcalde rival recogió el testigo del tono acalorado y dio pie a su respuesta:

—¡Los hijos de Raboltoro pedirán perdón cuando los hijos de Cuernavaca lo hayan hecho! ¡Ea! —replicó con obstinación el rechoncho personajillo, a quien no había fuerza en el mundo que le hiciera bajarse de la burra.

—¡De eso na! ¡Primero habrán de pedir perdón los suyos! —repuso don Marcelino Rebollo, que le demostró a su rival quién tenía la cabeza más dura.

—¡No, señor! ¡Los suyos habrán de hacerlo primero!

—¡Los suyos! ¿O s´ha creído usté que en Cuernavaca no somos tercos? ¡Tan tercos como unos zorros, fíjese usté lo que le digo!

Ta bien, ta bien… —zanjó el alcalde vecino la discusión afectando moderación—. Como veo que no quiere su ilustrísima entrar en razón, vengo en decretar desde este momento, oseasé, desde ya mismo, el estado de enemistad entre Raboltoro y Cuernavaca. Y ahora, siñor alcalde, déjese de zarandangas y haga el favor de devolvernos el badajo de nuestra campana pa que podamos marcharnos a nuestra aldea con lo que es nuestro.

—¿Cómo dice usté? ¡Amos, hombre! —se burló nuestro alcalde—. Si con algo se volverán ustedes pa su aldea será con el rabo entre las piernas. Sepa usté que desde esta misma mañana el badajo es monumento histórico de Cuernavaca y que en Cuernavaca se queda hasta que Dios lo quiera. Y ahora, siñor alcalde de la respetabilísima aldea de Raboltoro —continuó don Marcelino remedando las maneras encopetadas del visitante—, márchese de estas tierras si no quié que le abramos un hoyo en la boina y le corramos a usté y a su séquito a manotazos.

—¡Muy bien, pos si usté asín lo ha querido, asín será! Pero recuerde una cosa más: que a partir de ahora mismo, oseasé, desde este mismo momento, cualquier desgracia pue sucederle a su señoría el alcalde o a su maldito pueblo. ¡Y todo será por la cabezonería de usté, oseasé, de don Marcelino Rebollo! Cuernavaca queda prevenida, ¡ea!

—Pues que así sea. ¡Feliz año nuevo!

—Feliz añ…

Don Aureliano Morcillo se interrumpió todo corrido al comprender que había caído en la provocación del alcalde de Cuernavaca, quien al felicitarle el año, no hacía sino burlarse de su desgracia y la de su pueblo.

La nueva ofensa avivó las mofas de nuestras gentes hacia los intrusos, quienes marcharon humillados por donde se habían venido bajo una lluvia de abucheos. Una vez se hubieron alejado, los alegres y despreocupados habitantes de Cuernavaca se reunieron para celebrar el tradicional banquete de año nuevo. Muy pronto, la alegría de los festejos y los brindis en honor a nuestro pueblo sumergieron en el olvido las bravatas del excelentísimo alcalde de Raboltoro.

No obstante, la batalla entre alcaldes no había hecho más que comenzar y no iban las hostilidades a tardar en salir a flote. La guerra entre los dos pueblos estaba servida. Al frente de cada bando, dos estrategas de la talla de don Aureliano Morcillo y don Marcelino Rebollo.

Nadie podía conocer a ciencia cierta lo que depararía el futuro a aquellas dos villas enfrentadas.

 Miguel S. Coronado

tito

Disponible en:

http://www.sb-ebooks.es/l/titomis-aventuras-comienzan-aqui/

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