Consejo para lidiar con la calumnia

enredadera

La calumnia no tiene freno.

No tiene freno porque no se puede controlar lo que los demás digan a cada instante.

No tiene freno porque cala hondo en los espíritus simples y crédulos que no se cuestionan las cosas, y termina tornándose en realidad en sus mentes y siendo promulgada por sus bocas incautas.

Así extiende la calumnia sus tentáculos, mala semilla engendrada por la envidia que germina y brota como una enredadera perniciosa hasta encapotar el edificio más venerable erigido sobre los cimientos de la nobleza y la verdad y oscurecer su fachada.

Acaso se pueda tratar de cortar sus ramas tras dura brega; mas arrancarla de raíz es un acto irrealizable.

La calumnia no calla.

La calumnia no cesa.

La calumnia es hija de la envidia, y volverá a propagarse mientras ésta exista. Volverá pues a trepar con mayor tenacidad, con despecho más atroz por las mismas paredes mientras se le preste oídos…

…mientras nuestros oídos se dejen embaucar por las lenguas afiladas de la envidia.

Déjala que trepe… Déjala que hable…

¿Qué más te da a ti, artista?

Tus quehaceres son demasiado trascendentes como para malgastar tu tiempo en una batalla perdida, en una palestra que no es tu terreno y en la que no sabes moverte.

Recuerda que naciste para crear, no para destruir.

Tus metas son pues más elevadas que calarte unos guantes de tela basta y pelearte con sus ramas y recibir arañazos.

Tus metas miran más alto, más allá sin duda que alcanzar la fama entre los hombres.

Déjala que trepe… Déjala que hable…

Y que tu única preocupación sea continuar edificando tu edificio con la argamasa de tus méritos, de tu honradez y de tu verdadero esfuerzo.

¡Ánimo!

Hasta alcanzar una altura que asombre a cuantos se acerquen a ti.

Una altura que provoque vértigo en la  enredadera, vértigo de tu propio talento!

Una altura que es la culminación de tu obra, de tu propia persona, la cual alcanzaste sin vencerte al desánimo ni sucumbir a la locura y estupidez reinante.

Porque confiaste en ti y en tus razones y sabes quién eres.

Porque sabías que tus cimientos eran fuertes y que tu edificio se erigió sobre valores eternos.

Porque desdeñaste el orgullo y la vanidad y ensalzaste la humildad y la verdad.

Porque nada ni nadie podrá detenerte ni apartarte de tus objetivos, cualquiera que éstos sean.

…Y la enredadera que un día creció hasta enroscarse alrededor de tu cuello resbalará entre tus piernas y quedará sepultada por la magnificencia de tu obra.

enredadera

Miguel S. Coronado

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