Diario de un loco: Día 7

Dolores

(Exterior- Avenida)

Recia lluvia.

Esta mañana la estuve esperando frente a la puerta de su colegio.

La estuviste esperando, sí, oculto bajo tu capucha a través de las gotas de agua.

Llevo días haciéndolo, tal vez semanas, furtivo bajo la lluvia…

Entonces la viste salir, ataviada con su uniforme.

La vi salir e ir en mi busca…

“¡Mandey, Mandey! ¿Dónde estás? ¿Por qué no respondes a mis llamadas?”

En mi busca, sí, en mi busca y no encontrarme…

“Raquel, Raquel… Lo siento.”

 

Es tal y como dije…

Tal y como me dijiste, Grillo.

Ocurrió tal y como tú me dijiste.

De vuelta por tu calle solitaria viste luz en tu domicilio.

Vi luz, sí. Ella aguardaba mi llegada.

Siempre que eres feliz, ella aparece.

Siempre que soy feliz aparece, sí,

y no hay nada que pueda remediarlo…

(Interior- casa de Mandey)

-Tienes visita, Mandey (me hablaste, Grillo, desde tu cajita)

(te hablé, sí, y avanzaste hacia tu dormitorio,

ya sabías quién te aguardaba…

Lo sabía, sí, siempre lo supe… Y si no, lo adiviné por su olor a rancio

y por la penumbra reinante)

-Hola, Dolores.

(Dolores leía una revista distraídamente sobre tu cama. Se volvió para mirarte.

Se volvió, sí, y volví a encontrarme con su mirada burlona y su pelo azabache)

-¡Hola, Mandey! ¿Me has echado de menos?

(su cabello no reluce, no resplandece.

No lo hace, no. Al contrario que el de Raquel, el de Dolores absorbe mis energías)

-Mandey… Te he dicho hola. ¿Es que no te alegras de verme?

(no respondiste. No sabías hacerlo sin enfadarte, y no deseabas enfadarte.

No, no tenía fuerzas para hacerlo)

-Mandey, ¿por qué no vienes a mi lado?

-Déjame; no me apetece…

(resistirte fue inútil. Ella rodeó tu cuello con sus brazos y su siniestra melodía sentiste que te envolvía.

Me envolvió, sí, y nada pude hacer por escapar de ella…

Y permanecí días enteros, tal vez semanas, sin salir y sin hablar con nadie más que con Dolores…

De nadie, más que de Dolores…

A nadie, más que a Dolores…)

-¿Por qué me persigues?

-Mandey… Parece que no te guste que haya venido a verte…

-Y no me gusta.

-Yo sólo quiero que estemos siempre juntos tú y yo. No sé por qué tienes que irte con otras y olvidarte de mí…

-¿Quién te lo ha dicho?

-¿Quién era ella?

-Nadie, no era nadie.

-A mí no me engañas. Aún puedo oler su perfume impregnado en tu cuerpo.

-¡Quítate!

(Dolores no se amedrentó ante tu violencia.

No, no lo hizo, al contrario. Desenvolvió entonces un papel arrugado que guardaba tras sus espaldas y me lo mostró con descaro.

Te lo mostró, sí, el retrato que hicieras de Raquel.

Su retrato, sí, su precioso retrato, su perfecto retrato…

Y sentí que se me partía el corazón dentro del pecho)

-¿De dónde lo has sacado? (grité!)

(Dolores se rió, se rió de ti.

Se rió, sí, se rió como una yegua celosa)

-Trae aquí, ¡devuélvemelo!

-Así que a esto te dedicas en mi ausencia, a retratar a furcias.

-¡Cállate! No sabes lo que dices.

-A niñatas con pechos diminutos y vaginas estrechas. Seguro que ni sabía tocarte como te toco yo. ¿Me equivoco, Mandey? ¿Me equivoco, o ni siquiera sabía follar?

-Devuélveme el retrato, Dolores o de lo contrario…

-De lo contrario, ¿qué?

(Dolores estrujó el retrato, el precioso retrato con sus manos y lo arrojó con desprecio al suelo.

Lo arrojó al suelo, sí, y lo recogí y traté de enmendar sus arrugas)

-¿Por qué te conformas con Lolitas cuando tienes a Dolores abierta de piernas en tu alcoba las veces que quieras?

-Porque no me gustas.

(tu respuesta enfureció a Dolores.

La enfureció, sí, y arremetió contra mí con ira)

-¡Pierdes el tiempo pintando! No tienes talento.

-Eso es mentira.

-No tienes coraje.

-¡Mentira!

-No tienes suerte.

-Algún día la tendré y entonces…

-¿Entonces qué, Mandey?

-Entonces te dejaré, lo sabes. Sabes que te dejaré…

-No podrás librarte de mí tan fácilmente (dijo con risa estridente). Son muchos años juntos tú y yo. Te conozco a la perfección y sé que al final volverás a mí aunque no lo desees y acabarás en mis brazos. Siempre lo haces. Te atraigo, Mandey, reconócelo. Reconoce que existe algo en mí de lo que no puedes apartarte. Mi perpetua melancolía, mi tez pálida y maquillada, mi vestido negro, mi voz lánguida y seductora, mis discursos lúgubres y deprimentes…

-Tu voz…

-Mi voz, sí (susurró), mi voz susurrante que en tus oídos resuena como un arpa que hiere tu corazón y lo despedaza sin pudor.

-¡No!

-Sí…

(supiste que tenía razón, que no iba a ser fácil abandonar a Dolores.

Lo supe, sí, y me vine abajo)

-¡Oh, vamos, Mandey! No peleemos. Ven, ven y abrázame… Ven y abrázame.

(privado de tu voluntad, como un noctámbulo volviste a sentarte junto a ella y a dejar que te rodeara con sus brazos, con sus pesados brazos.

Con sus brazos, sí, con sus pesados brazos pese a su extrema delgadez…

Sus pesados brazos que me abruman como el plomo y debilitan mis fuerzas.

Y yaciste con ella.

Yací con ella, sí…

Dolores es posesiva y me atormenta)

Cuando desperté me sentía agotado.

Agotado, sí; no sabías qué día era…

No lo sabía, no. Sólo sabía que afuera anochecía y me puse a pintar.

Dolores me vigilaba a mis espaldas sin quitarme ojo, mientras prendía un cigarrillo tras otro.

Pintaste, sí, dibujaste y pintaste hasta bien entrada la noche. En cambio…

En cambio nada de cuanto hice me satisfizo,

nada colmó mi orgullo,

y terminé por desistir.

-¿Qué me pasa, Grillo? ¿Y mi inspiración? ¿Adónde se ha ido?

-Ya te lo dije, Mandey. Te dije que no te distrajeses de tus labores y no me hiciste caso.

-¿Qué… qué dices?

-Hablo de Raquel, Mandey. La pervertiste con tus manos. Pervertiste la belleza con tus sucias manos de mortal. Quisiste llegar demasiado alto al seducir a una musa y caminar de su mano, y ahora despiertas a tu cruda realidad.

-¿Raquel era una musa?

-Por supuesto que lo era.

-¡No!

-Sí, Mandey, sí. Es el justo castigo a tu presunción y tendrás que expiarlo.

-No, no es cierto…

Tomaste entonces el retrato arrugado de Raquel y lo contemplaste unos instantes…

Se había ensuciado.

Se había ensuciado, sí, y al pasarle mi mano para limpiarlo lo emborroné aún más…

Tu mano, tu sucia mano de mortal…

Mi mano, sí… No podía creer cuanto me dijiste.

No podías, no… O no querías aceptarlo y te fuiste a tu alcoba entristecido y sin mediar palabra…

Entonces tuviste un sueño…

Aquella noche tuve un sueño, sí…

Un sueño que se transformó en pesadilla…

Dolores

Miguel S. Coronado

¡Lee el diario de Mandey en Wattpad! wattpad Mandey

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