Diario de un loco: Día 12

angelitoM

Me preocupa Leonora…

Te preocupa Leonora, sí,

Su mirada ausente,

Su mutismo evidente…

Es más grave de lo que tenías en mente.

La situación es más grave, sí,

de lo que tenía en mente,

de lo que yo me imaginaba…

Una fuerza maligna la está abduciendo

y adentrando por senderos tenebrosos,

y si se aparta demasiado de la luz

correrá el riesgo de perderse para siempre.

Es más grave de lo que tú pensabas, sí…

Los años pasados en soledad en el internado

parecen haber apartado

a Leonora de tu lado,

y trastornado su juicio poco sano.

Así parece, sí…

y se pasa los días encerrada en su alcoba,

cepillándose el pelo ante su tocador,

y las tardes cabalgando a Tormento,

nuestro bravo corcel

en brazos de una gran excitación.

A Tormento, sí, vuestro bravo corcel

que le está contagiando su depresión.

su tristeza ecuestre,

por cada poro de su piel…

Leonora dice que no puede dejar de cabalgarlo,

Que la arrastra irremediablemente,

Que sus pies parecen enganchados,

a los estribos acerados.

Eso dice, sí,

tu dulce hermana,

tu pequeña reina…

Mi dulce hermana, sí,

Mi pequeña reina…

Me parece como si de pronto perdiera la conciencia

y se olvidase de su propia esencia…

Como si su alma la abandonase de repente,

y en ocasiones tengo la sensación de hallarme

ante un muerto viviente…

Parece como ausente, sí,

Tu dulce hermana,

tu pequeña reina…

Como un espíritu que conservase sólo vagas memorias

de lo que un día fue su existencia,

y en ti posa su mirada extraviada

y te sonríe perturbada.

Así hace en ocasiones, sí…

Otras me habla de extraños sucesos,

o me vuelve a recitar sus obsesiones con dolor,

y corre después a encerrarse en su habitación.

La gente del pueblo ha comenzado a murmurar.

Lo ha hecho, sí,

La gente ya murmura de ella,

de su actitud insólita y fea.

Lo sé, lo ha hecho…

lo leo en sus miradas,

en sus lenguas malintencionadas,

y yo no quiero que la hagan daño

ni le causen aflicción,

a mi pequeña reina,

que sufre a solas su dolor.

Madre a veces la reprende

por no contestarla cuando debe,

por creer que Leonora la escucha,

pero no la obedece…

Lo cierto es que la niña está tan ausente

que a medio sermón tiene que detenerse

porque cree hablar a solas…

es como si no tuviese a nadie enfrente!

Una noche la sorprendí errando a solas

entre nuestras tumbas del patio trasero.

La sorprendiste, sí,

vagando a solas entre las tumbas,

y la viste detenerse ante la suya

y contemplar a la luz de la luna

su lápida y su sepultura.

A la luz de la luna, sí…

como si una voz la reclamase,

como si ocupar su lugar añorase…

La abracé entre mis brazos

y me habló desde mi regazo:
-¡Mandey! ¡No lo soporto más! ¡No soporto más esta tortura!

-Lo sé, hermana, lo sé.

-No soporto más tener que vivir con tanta amargura…
La situación de Renato no es más halagüeña.

No lo es, no…

según pasan los días en la granja,

voy conociendo más su locura,

la locura de mi hermano,

el hermano de mi sangre…

El hermano de tu sangre, sí

cuya mente parece aún más perturbada

a cuando te marchaste.

Así parece, sí,

y se muestra incapaz incluso

de mantener firme su propio pulso.

Su propio pulso, sí,

que ha comenzado a fallarle,

y en la granja incordia más que colabora,

y su sola presencia a las vacas asusta y alborota,

que reacias se muestran a entregar la leche de sus ubres

cuando él las manipula con sus manos inútiles.

Así sucede, sí,

y cuando Madre le pone a limpiar

las pocilgas de los marranos,

éstos gruñen espantados

y se alborotan

como en presencia del mismísimo Diablo.

Como en presencia del Diablo, sí…

Un Diablo torpe y desmañado,

que no sabe hacer nada si no es ayudado.

Ni sabe ni puede, no…

Un Diablo que nunca podrá valerse

por sí mismo,

a quien Madre mantiene

acogido

por lástima en su domicilio.

A quien tiene que ayudar a afeitar

porque con sus propios nervios

se rebanaría el pescuezo sin dudar…

Quien ni siquiera es capaz de bañarse en el barreño

sin salpicarnos a todos de agua el cuerpo entero,

ni de cuidar de los gansos sin estrangularlos

con la fuerza incontrolada de sus brazos,

ni de ordeñar las tetas de una cabra

sin coagularle la leche y dejarla malsana.

Así es tu hermano, sí,

el hermano de tu sangre…

El que lleva treinta años arrastrando su despecho

por el mundo sin lugar adónde ir

ni puerto al que recalar.

Treinta años, sí, a merced de su propio orgullo,

zozobrando en medio de una espiral de rencor y celos

que le han hecho perder el rumbo…
Así y todo, esta desmaña evidente

que a diario se hace patente,

se transforma en destreza latente

cuando se trata de hacerme mal a mí,

al hermano de su sangre,

cuyos ataques esquivo ágilmente.

A ti, sí,

al hermano de su sangre,

y en casa no duda en dar rienda suelta

a su desmedido ataque,

a sus impíos deseos por librarse de tu presencia

cuanto antes.

Así hace Renato, sí…

Desde hace ya varios días

que tras las paredes me espía,

y cualquier pretexto aprovecha

para difamar, desprestigiar y deshonrar

la poca fama que me resta…

Cualquier pretexto aprovecha, sí,

y te tiende trampas y fullerías,

y te ofrece el pan de la comida

para que lo pruebes y con él te deleites,

antes de que Madre en la mesa esté presente

para que te acuse injustamente.

Para que Madre me acuse, sí,

A mí, al hermano de su sangre!

Acusarme y desprestigiarme,

Y salir él triunfante.

Y de la bodega vacía botellas de vino enteras

para después decir a los demás sin vergüenza

que Mandey, su hermano,

es el crápula y libertino

que se las ha bebido.

Bebido y emborrachado con ellas, sí…

Así hace Renato,

el hermano de tu sangre,

con tal de convencer a Madre

de que un día dio a luz a un perdido

y a un infame…

A un vago y un maleante…

que nunca se enmendará

ni cambiará de talante.

Convencer a Madre, sí…

Persuadirla y pervertir su mente,

le siento tras de mí constantemente.

Tras las puertas…

tras de mis pasos…

Tras de tus pasos, ¡sí!

Te persigue y te acecha con obsesión,

avizor de cualquier ocasión,

cualquier desliz en el que puedas incurrir,

para denigrarte ante Madre

y hacerte un infeliz.
Por envidia,

Por pura envidia…
Por envidia,

por pura envidia, sí.

El caso es que las mujeres

siempre han preferido mi compañía

antes que su codicia.

Siempre lo han hecho, sí,

Siempre te han preferido a ti

antes que a él,

y es algo que no puede conceder,

No puede, no,

y arremete contra mí con locura,

cuando su único enemigo

son sus celos para los que no existe cura.
Hoy he pasado gran parte de la tarde

realizando esbozos en las llanuras,

Así has hecho, sí,

acariciado tu rostro por la brisa con dulzura…

Poco a poco vas recuperando el entusiasmo

y las ganas de seguir al mundo deslumbrando.

Por casualidad, cuando regresé a casa de los campos,

encontré a Romelia en nuestro salón conversando.

A Romelia, sí,

A vuestra prima Romelia,

que había venido a honrar vuestro hogar

con su agradable presencia.

Vuestra prima Romelia,

de la que tu hermano Renato

anduvo siempre enamorado…
Se alegró mucho de verme

la prima Romelia,

la de la mirada indulgente

y el porte sereno y alegre…

Dicen que se ha puesto muy hermosa,

que su busto ha terminado de realzarse,

y que es esbelta como una adelfa

y su talle firme como el de una palmera.

A decir verdad, apenas me fijé

ni presté atención

a los atributos de su belleza,

ni a su piel nívea moteada de pecas…

Ni a su mirada celeste,

ni a su vestido resplandeciente…
Al ver algunos de mis bocetos

expresó la prima la satisfacción que le causaron,

en los cuales intuyó sagazmente

el pulso y la gracia de la mano que por el papel se deslizo hábilmente.

Una mano que dijo ser sangre de su sangre…

Eso dijo, sí,

tu prima Romelia,

de la cual anduvo enamorado Renato,

el hermano de tu sangre,

aunque no lo admita ni le agrade.

Me preguntó Romelia a su vez

si me ejercitaba en la práctica del retrato.

Al instante la respondí y la mentí…

La respondiste y la mentiste, sí,

por no evocar tus amargas experiencias

ni tu fracaso ante la belleza.

La mentí, sí,

y le contesté que hacía ya varios años

que no se atrevían mis manos

a ensayar el arte del retrato.

Pero al sospechar su fina insinuación

y verla sonreír tímidamente

y sentirla embargada por una gran emoción,

me brindé a dedicarle una pizca de mi afición

y me comprometí a plasmar su bello semblante

sobre uno de mis lienzos con devoción…

Sobre uno de tus lienzos, sí,

tal vez seducido por su bondad natural

o por su dulzura sin igual…

No lo sé, no te lo puedo asegurar.

El caso es que fue algo que mi hermano

no pudo soportar…

No pudo, no, soportar

la atención que te dispensaba

la prima Romelia,

máxime cuando, muy ciertamente,

se había pasado la tarde despellejándote hábilmente

con sus comentarios y su inquina enfermiza,

con su envidia ladina.

Por envidia fue, sí,

Por pura envidia…

e hizo cuanto pudo

por retomar aquella conversación

en perjuicio de mi estilo de vida,

y ridiculizarme ante la prima.
Afortunadamente, Romelia te excusó…

con lo que Renato tuvo que tragarse su propia bilis,

que regurgitó tras la cena…

Las acusaciones que sospechaste durante tu ausencia

fueron ciertas.

Fueron ciertas, sí,

lo escuché tras la cena…

cómo de mí despotricaba,

y me acusaba

de haberme ido de parranda,

cuando en realidad había pasado la tarde

ensayando paisajes en la soledad de las landas.

No pudo, no,

no pudo Renato soportar los celos

que los parabienes de Romelia le provocaron,

y menos aún cuando te oyó citarte con ella

al día siguiente de primavera,

en el arroyo, junto a su ribera.

Junto a su ribera, sí,

Quedé con ella,

para retratar la expresión juvenil de su rostro

y cuanto quisiera.

Para retratar el bello rostro de Romelia, sí,

de la que tu hermano Renato

anduvo siempre enamorado…

De la que aún hoy anda prendado,

y a quien persigue sin descanso

y quien en cambio ni le corresponde

ni le hace caso.

La prima Romelia, sí,

la que de ti anduvo enamorada

desde antes de la adolescencia.

Lo sé, Grillo, lo intuyo en sus ojos,

que sólo resplandecen

cuando se hallan ante mi presencia.

angelitoM

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