Diario de un loco: Día 14

Calavera

Partiste, sí,

Partí, sí…

Por el bien suyo y el de ella,

partí lejos de Romelia…

¿De qué hubiese servido

quedarme por más tiempo junto a ella?

¿De qué te hubiese servido, sí,

quedarte por más tiempo en la granja

sin tu hermana del alma?

Sin mi hermana del alma, sí,

y con todos en contra mía.

En contra del hijo pródigo y holgazán

que sólo piensa en pintar…

Del hermano vago y haragán

que nos quiere a todos arruinar.

Del hijo pródigo, sí,

del hermano haragán…

escuchaste por boca de tu hermano Renato

que sus ojos os habían espiado

a ti y a ella,

a la prima Romelia,

cuando os hallabais junto a la ribera.

Lo escuché, sí,

y a mis oídos llegó el rumor envenenado

de sus palabras que convencían a Madre

de que había sido yo quien la había seducido a ella,

y quien la despojó de sus ropas

y quien yació a su vera.

Eso dijo, sí,

el hermano de tu sangre…

Por envidia,

por pura envidia…

Por envidia, sí,

de verme junto a Romelia,

seducido por ella.

Partiste entonces, harto de mentiras…

Partí, sí,

acometido de un impulso desmedido

de representar sobre el lienzo mis incontenibles emociones…

Tus incontenibles emociones, sí,

tus impulsos y obsesiones

por separarte cuanto antes de la belleza,

tras el fatídico encuentro con Romelia,

y retomar así tu estilo tétrico y putrefacto,

tus cuadros grotescos y macabros…

Mi estilo putrefacto, sí,

mis cuadros grotescos y macabros,

mi pintar siniestro y atormentado…

Con tal fin he regresado a la pensión,

lejos ya de los campos y llanuras,

de los atardeceres hermosos

y los crepúsculos inflamados en rojo.

Has vuelto, sí,

a respirar el humo de la gran ciudad

que encapota el cielo

y te recluye noche y día en tus quehaceres excelsos…

He vuelto, sí…

Aquí no hay lindos atardeceres

ni puestas de sol tras las montañas…

Tan sólo el crepúsculo de mi alma

que se debilita día a día por culpa de un maldito empeño…

De una loca obsesión

de querer ser distinto a los demás

y remontarme hasta los cielos.

Sí, aquí será fácil que retomes tus obsesiones,

sin nadie que te espíe ni te moleste…

sin la sombra de Renato acechándote tras cada esquina…

Sin la sombra del hermano malvado, sí…

lejos ya de su mirada obsesiva,

a salvo de las trampas por su envidia tendidas.

Será más fácil, sí,

que nade en mis obsesiones

hasta ahogarme en mis propios temores…

Más fácil, sí…

siempre y cuando no me encuentre

con otro de esos espíritus celestes

de formas perfectas y pupilas resplandecientes.

Has retomado pues el trabajo

con ardor y celo,

absorto en tus meditaciones

hasta que el canto de los pájaros te sorprende.

Absorto en mis meditaciones, sí,

y en dar forma a mis obsesiones…

Una forma extraña y siniestra,

que se deshace y descompone

bajo el tacto de mis manos…

Que se deshace y descompone, sí,

al pasar tu mano sobre el lienzo

para expresar así tus emociones.

Expresar así mis emociones, sí…

Para que la pintura lata con mis propias sensaciones

no hay mejor pincel que mis propios dedos,

al deslizarse sobre el óleo con esmero

hasta que lo siento fluir por mis yemas

y calarme hasta la venas.

El óleo destila por mis venas, sí,

y no hay quien me detenga!

No hay fuerza que detenga, no,

tu ritmo frenético de aplicar la pintura sobre el lienzo…

Habrá de dar su fruto algún día tu soberano esfuerzo.

¿De verdad, Grillo?

¿De verdad tendré éxito?

¿Y cómo iba a ser de otra forma, Mandey?

Pues no conozco ningún otro dispuesto

a sacrificar su vida por un empeño.

Así y todo, tan sólo unas pocas galerías

han mostrado interés en exhibir mis obras…

Sólo unas pocas, sí,

admiran y valoran los resplandores de tu destreza,

tu habilidad gótica y siniestra…

Aquéllos por cuyas venas también sienten el óleo recorrer,

y que se embriagan con las esencias del aguarrás

con tu misma ansiedad…

Aquéllos, sí, acometidos de un exceso de pasión

que les hace ver poesía alrededor.

Poesía alrededor, sí…

Poesía y belleza, en las procesos lúgubres de la Naturaleza

En una tumba abandonada y decrépita…

En la carne corrompida y deshecha…

El resto…

El resto no puede llegar a comprender,

lo que un alma humana es capaz de padecer…

No puede llegar a comprender, no,

que no se pinta con los dedos,

ni guiado por la razón…

Que en verdad pinto al ritmo de los latidos de mi pasión…

El arte es un impulso que brota del pecho,

que mana de la desesperación!

Repudiado y menospreciado,

te viste forzado a descolgar tus cuadros

y marcharte humillado.

Humillado y desestimado, sí,

descolgué mis pinturas

y marché a casa derrotado…

Es imposible, no hay solución,

y tal vez Dolores tenga razón…

Que nada de lo que hago merece la pena…

Que soy incapaz de alcanzar la belleza

aún en las cosas feas que existen en la Naturaleza…

Contemplas entonces el retrato de la niña aquélla,

y te convences a ti mismo de que nada vale la pena…

Me convenzo, sí, de que mi esfuerzo es en vano

y no merece la pena…

Y por las noches la escucho reír a ella,

y se contagia a los personajes de mis pinturas

su estridente sonrisa,

que se burla de mi escasa pericia

y de mi incapacidad como artista…

Y despierto asustado y les mutilo los labios

para silenciar sus escarnios…

pero es inútil… nada puede acallar

la risa de Dolores,

porque no existe sino en mis propios temores…

Acosado por la angustia,

abrumado por la decepción,

el fracaso te ha colmado de duda y vacilación,

hasta perder la confianza en lo que hacías

y desconfiar de tu propia valía.

De mi propia valía, sí,

si es que en verdad existía…

No sé si es realidad,

o fruto de mi propia inseguridad…

Es como una fuerza maligna

que mis fuerzas aniquila…

como si se empeñase en que no prosperase

y los pinceles abandonase…

Agobiado, agarré el caballete

y salí a pintar a la intemperie.

Saliste de casa, sí,

y caminaste hacia los caminos del parque

a tratar de reencontrarte con tu Arte,

y tu caballete a la sombra plantaste

y el paisaje retrataste.

El paisaje que veían mis ojos, sí,

comencé a bosquejar

sin atender a lo que miraba en realidad,

como hacía en las llanuras,

presa de la amargura.

¿Y qué pasó entonces, Mandey?

¿Qué ocurrió?

Ocurrió que al retirarme del lienzo unos pasos,

vi que sobre éste se esbozaba una forma improvisada…

¿Qué era, Mandey? ¿Qué era?

Era el esbozo de algo bello y resplandeciente

que resaltaba entre la hojarasca pintada

y que mi mirada encandilaba…

Aparté la mirada del lienzo

y al dirigirla hacia las frondas la vi a ella,

ligera y esbelta.

Tras de las frondas

surgió ella, sí,

¿Quién era ella, Mandey? ¿Quién era?

Era un ángel

vestido de blanco,

que posaba con tacto

y que me daba la espalda

Que te daba la espalda, sí…

su espalda perfectamente contorneada,

sobre la que serpenteaba una trenza bien enlazada

que te invitaba a seguirla allá donde ella estaba.

Y la seguiste, Mandey,

La seguí, sí…

Echó a andar y sus pasos seguí entre las frondas

por los paseos del parque florido y en sombra.

¡Dios! Si no es más que una niña…

Una niña, sí,

Y tú un insensato sin solución…

La seguiste y te guió hasta el odeón.

Hasta el odeón, sí

La niña es una bailarina

y el objeto de mi pasión…

 Calavera

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