Diario de un loco: ¡Apoteosis final!

ballete

¡Desatado, sí!

Desatado de mi conciencia,

libre de hacer cuanto quisiera,

partí a por ella,

a por la bailarina Valeria,

quien a aquellas horas debía ejecutar su danza aérea,

ligera, etérea…

entre las aclamaciones de su público entregado,

¡Aprovecha, aprovecha,

Valeria!

Que éstos serán los últimos aplausos que reciba

tu talento desmesurado.

¡Aprovecha, Valeria,

aprovecha!

Que la música para ti se acaba

y tu cajita ya se cierra.

Aprovecha, Valeria…

que ya nadie vendrá a darte cuerda.

Aparqué el coche y envuelto en un gabán de zorro

me encaminé al odeón.

La noche sorprendió mis pasos allegándome al exterior.

Me vio llegar, sí, su nombre

anunciado en grandes letras de neón:

¡VALERIA! La bailarina Valeria,

la estrella de la función…

Habría de secuestrarla durante la representación…

Resultaría del todo imposible hacerlo al término de la sesión,

entre el remolino de fotógrafos que danzarían a su alrededor,

ávidos por retratar su belleza sin pudor…

Aguardad, aguardad en vano,

que no habría instantánea tras la velada.

La belleza de Valeria nunca más será retratada…

Ya me imaginaba, sí,

a la siguiente mañana,

los grandes titulares en la prensa

en todas sus páginas:

“Secuestro en el odeón: ¡Fin de la función! La bailarina Valeria

desaparece para nuestra desilusión.”

Así me imaginaba, sí,

y asimismo me extasiaba,

al contemplar una obra mía resaltada por la prensa…

Una obra mía, sí, sería sin duda el ponerle fin a la belleza,

algo que habrían de agradecerme

los artistas todos del planeta!

Sí, así leerían los periódicos de la mañana

y de las siguientes semanas…

Penetré en el vestíbulo, decidido…

un ujier atrevido quiso detener mi camino:

“Lo siento señor, la función ya ha dado inicio.”

Miserable mortal

que osas interponerte en mi destino…

Bastó una mirada

de mis pupilas dilatadas

para seducir su voluntad…

Una simple mirada, sí,

de mis pupilas dilatadas,

y se apartó de mi camino…

“Pa… pase usted, caballero… A… al fondo encontrará su camerino.”

Avancé, sí, a lo largo de aquellos corredores y pasillos,

largos como intestinos.

¡Avancé, sí!

hasta dar con su camerino…

Se hallaba éste vacío…

La bailarina interpretaba aún el acto tercero, en el que

Odile se transforma en Odette y engaña a Sigfrido!

La esperaría, sí,

esperaría a que regresase para prepararse

para el acto definitivo.

¡No!

Mejor la abordaría por los pasillos,

en cuanto abandonase la escena

camino de su camerino…

Mis pasos me llevaron por los entresijos, sí…

A medida que me aproximaba,

las notas se deshacían en mis oídos,

como un murmullo que pedía auxilio.

Era Odette, que zozobraba ante su destino,

Era Valeria, que temblaba de agonía…

Muy pronto un cisne morirá por culpa mía…

Fin del acto tercero:

La música ha cesado,

los violines se han callado.

Lo siento, Valeria,

tu cajita ya se cierra…

-Valeria (susurré tu nombre a tus espaldas en cuanto abandonaste la escena)

-¿Quién me llam…? (pudiste apenas responder justo antes de sentir el cloroformo que impregnaba el algodón…)

Duerme, Valeria, duerme,

entre profundos sueños sin ilusión…

Duerme, Valeria, duerme,

entre plumas de algodón…

Caíste, sí,

caíste rendida en mis brazos,

y tu cuerpo,

el cuerpo de Valeria,

aérea, ligera, etérea…

me eché a las espaldas

y cargué con ella,

con su soberana belleza,

como el Cristo con su condena…

A cuestas con el peso de la belleza, sí,

mi agonía, mi crudeza,

de todos estos años

a la cual pondría fin de una vez por todas

y me vería libre de mi calvario.

Marché raudo,

a ponerme a salvo con mi botín agraciado…

Mi botín, sí,

el remedio que me libraría de mis males,

que me redimiría de mi propia obsesión…

Su propia belleza, sí,

deshecha ante mi presencia…

su rostro arrugado y marchito

sus párpados ajados y desvanecidos,

su pelo ralo y encanecido…

Sí, sólo veo poesía y belleza

en las procesos lúgubres de la Naturaleza…

Me la eché sobre los hombros

y abandoné el odeón por una puerta trasera,

una puerta que ocultaba mi vileza,

y aprisa, la metí en el coche sin precaución

y puse rumbo a mi perdición,

a mi ineludible condenación…

La bailarina ya sólo danzaba en sueños,

en sueños para desgracia del mundo entero…

Duerme, Valeria, duerme,

entre plumas de algodón…

El trayecto a casa fue fugaz

a través de la dormida ciudad.

Al embozo de la noche,

ninguna luz podría desvelar ya mi infamia,

ni siquiera tu voz, Grillito mío…

¡Dejaría al fin de roerme las entrañas!

Ya en casa,

la tumbé sobre la cama…

y reposé el cuerpo de aquélla que hasta hace poco bailaba

y suspiraba,

y el aire con sus manos acariciaba…

La tumbé, sí, y marché a lavarme las mías,

sucias tras el vil atentado

cometido al despojarle al cielo

de uno de sus astros…

Al regresar por el pasillo,

ya no manaba aquel resplandor,

de sus plumas bellas que causaron mi fascinación,

sino una penumbra reinante

que me encogió el corazón…

¡No, no! ¡Otra vez no! (exclamé con dolor)

Otra vez la penumbra reinante,

y este olor a rancio penetrante…

Mi alma se conturbó,

infeliz por lo que presagió…

Avancé, sí, por el corredor,

presa de una gran turbación,

aunque ya adivinaba mi aflicción,

en cuanto me asomase por el umbral de mi habitación…

Si su luz no resplandece

sólo había una explicación:

-¡Dolores!

-¡Hola, Mandey! ¿Me has echado de menos?

Dolores, sí, era la que yacía sobre mi almohada…

Dolores, sí, la que se burlaba desde mi cama.

Mi ambición,

mi loca obsesión,

se había llevado a Odile trasformada en Odette,

y como Sigfrido había sido engañado por burla del destino…

Era Dolores, sí, y no Valeria,

la que disfrutaba con mi desolación…

-Mandey, te he dicho hola. ¿Es que no te alegras de verme?

(exhaló su voz sibilante que como las cuerdas de un arpa hiere mi corazón)

-Mandey, ¿qué te pasa? ¿Por qué no vienes a mi lado? ¿Es que ya no te gusto?

(el mal sueño no cesaba, porque yo no despertaba)

-¡No existes! ¿Me oyes? ¡No existes!

(exclamé sin apenas dirigirle la mirada)

-Mandey, ¿por qué dices eso? Claro que existo, ¿no me ves? Yo sólo quiero que estemos siempre juntos tú y yo…

-¡No, no!

-Mandey, ¿acaso no comprendes que no puedes librarte de mí? Aunque no lo desees, al final siempre acabas en mis brazos, y a mi susurro haciéndole caso…

-No, noo…

-Sssssssí, Mandey, sssssssí Hay algo en mi amargura natural, en mi melancolía inmortal, en mi tez pálida y maquillada, en mi vestido fúnebre y deprimente de lo que nunca podrás esconderte… Sssssssí, Mandey, sssssssí… Mi voz fría y susurrante que hiere tu corazón y lo despedaza sin pudor. Sssssssí, Mandey, sssssssí, acepta tu destino. No todos nacieron para ser felices ni vivir tranquilos.

-¡Cállate, cállate!

-Es igual que me calle o hable. Mi voz continuará hablándote dentro de tu cabeza, hablándote de tristezas…

Trastornado, perturbado, desesperado!

me erguí raudo.

Ya sólo quería acabar con ella.

¡Necesitaba librarme de ella!

Así es que me abalancé sobre la muy perra,

pero enseguida que sus pesados brazos me rodearon

sofrenaron mi fortaleza,

y yací sin remedio junto a ella…

Tal vez Dolores no exista,

y sea fruto de una pesadilla…

Tal vez ésa sea la única verdad…

que es todo una gran irrealidad.

Pero también sé que es verdadero,

pues lo siento en mis venas

y en mi corazón adentro,

que no puedo librarme de su cautiverio

y que no tiene remedio,

desde la tarde aquélla

que con su triste melodía me sedujera

para que me pinchara con la rueca

y cayera

hacia un abismo de insondable tristeza…

No, no hay cura que cicatrice el pinchazo,

que sane mi sangre contaminada por la pena…

Dolores existe y fluye por mis venas,

y yo ya estoy sentenciado a una vida entera de condena

bajo su maligna influencia…

No, no hay nada que me sane

de mi propia existencia…

Así pensaría Sigfrido,

poco antes de cometer el suicidio…

El Suicidio; es cierto, Grillo,

había una solución a tanta desolación…

Una solución, sí,

de poner fin a mi desesperación…

de romper el maleficio

sin más muerte

que mi propio sacrificio.

Mi propio sacrificio, sí…

Un último acto de valentía,

y al fin todo terminaría…

¡Música de bailarina!

La cajita se abriría por última vez,

pero quien efectuaría su danza

será un bailarín esta vez.

Con la música en los oídos,

me enfundé en el traje de Sigfrido,

y marché al lago a llevar a cabo mi cometido.

Optaría como el príncipe

a morir ahogado en las aguas gélidas del lago

y sofocar allí mi llanto.

Es el fin,

la función ha llegado a su conclusión.

Bajo las frías aguas yacerá este desdichado autor.

Este artista,

que por tratar de alcanzar la belleza dio su vida,

cuando en realidad estuvo marcado de por vida

a vivir en un mundo de sombras en perpetua agonía,

y a jamás bailar junto a la bailarina…

La belleza es una bailarina, sí,

que me rehuye y me da de lado.

Y yo un pobre ser humano

que siempre quedará malparado,

y que se lamentará derrotado

de no haberte nunca conquistado…

FIN

ballete

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