El artista y la belleza

ballete

 

Ayer la vi y la seguí por la avenida.
Ayer la viste, sí, a la bella bailarina,
y seguiste sus pasos hasta el odeón,
y la viste danzar con obsesión
a la bella bailarina.

La vi danzar, sí,
y remontarse y deslizarse como una ola ingobernable…
Y en cuanto llegué a casa
intenté bosquejarla hasta agotarme
y rescatar sus bellas formas,
su elegancia incuestionable,
del papel indomable.

Lo intentaste, sí,
rescatar sus bellas formas
su pureza incuestionable,
del papel indomable…
Pero todos tus esfuerzos fueron en balde,
y todos los bocetos que de ella ensayaste
de ti se burlaron hasta que abandonaste.

De mí se burlaron, sí,
de mi ambición desmedida,
de mi insano afán por conseguirla.
Y desde la cima de sus aires,
desde sus piruetas de ninfa,
me contempló sin antipatía
como al engreído mortal
que deseó seducirla.

Que deseó seducirla, sí,
y que no hizo más que tiznar
a la bella bailarina
con su impericia desmedida
y habilidad poco finas.

La belleza es una bailarina, sí,
que salta y se desliza sobre el escenario,
que se evade y se aparta de mi lado,
y que jamás yacerá a mi costado,
ni se dejará tocar
por mis sucias manos,
por más que trate de estrecharla
entre mis torpes brazos.

Adiós, bailarina, adiós,
este humilde mortal ha desesperado,
de permanecer en tu regazo
y gozar de tu dulce abrazo.

La belleza es una bailarina,
que me rehúye y me da de lado.
Y yo un pobre ser humano
que siempre queda malparado,
y que se lamenta derrotado
de no haberte nunca conquistado.

Miguel Rey

ballete

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