Mi hermano Timothy

Calavera

En una consulta médica, el doctor Prescott, pediatra, examina el vientre de una mujer en un monitor.

-¿Va todo bien, doctor? –pregunta Verónica Winston, la mujer.

-No hay anomalía de ningún tipo. El niño se encuentra perfectamente.

-¿De verdad? ¿De verdad no me engaña?

-¿Y por qué iba a engañarla? Señora Winston, permítame asegurarle que va usted a tener un hijo muy fuerte y saludable.

-Señorita Winston.

-¡Oh, disculpe! Señorita Winston.

-No sabe qué alegría me da usted, doctor Prescott.

-Me alegro. Ahora cálmese y relájese, no tiene de qué preocuparse. No habrá ningún inconveniente, al menos hasta el parto.

-Compréndalo, doctor, después de mi anterior… problema, tenía miedo de que algo no saliese bien.

-Entiendo…. ¿Y cuál fue la razón de su anterior aborto, señorita Winston?

-Digamos que… digamos que lo hice por el bebé.

-No la entiendo…

-El doctor que me llevaba me aseguró que el niño nacería con malformaciones en brazos y piernas y que no se podía hacer nada por remediarlo. Me hablaron de todos los inconvenientes que sufriría en la vida, de las dificultades con las que se toparía mi hijo en su día a día, y tomé la decisión de…

-¿De abortar?

-Bueno, sí… Verá: al séptimo mes de embarazo las malformaciones se hicieron más acusadas. Yo entonces le dije al médico que no deseaba tener un niño así y que, en efecto, quería abortar.

-Ya veo.

-Él desaprobó tajantemente mi decisión, así que tuve que irme a otra clínica.

-Entiendo…

-Por eso estaba tan preocupada. Se cumplen ahora 7 meses de mi embarazo y temía que algo pudiera ir mal.

-Pues ya le digo que no, señorita Winston. Le aseguro que todo va a ir sobre ruedas. El niño que se gesta en sus entrañas nacerá en un par de meses sano y salvo.

-¡Oh, qué alegría más grande, doctor! Temía que fuese yo la culpable, ¿sabe? Que hubiese algo en mi cuerpo que causase las malformaciones y que todos mis hijos nacerían con anomalías.

-No hay nada malo en usted, Verónica -responde amablemente el doctor-. La felicito, de verdad.

-Gracias, gracias doctor. Tener un hijo es lo que más deseaba en el mundo.

 

Aquella tarde, en su apartamento, Verónica Winston habla por teléfono con su madre:

-Sí, mamá, el niño nacerá bien, me lo acaban de decir… Samuel, se llamará Samuel… No, aún es pronto, mamá… Descuida, ya te avisaré… Gracias, mamá… Y yo a ti también… Adiós, mamá. Un beso.

Verónica cuelga el aparato. De improviso, comienza a sentir fuertes achaques en el vientre, el cual se agarra con ambas manos en tanto gime dolorida.

Minutos después, una ambulancia la traslada al hospital.

En camilla, Verónica es conducida a la sala de urgencias.

-¿Qué la ocurre? -pregunta el doctor Prescott al verla.

-Parece que el niño está en camino -responde un auxiliar.

-Imposible. La he estado observando esta misma mañana y no había indicios de un parto prematuro.

-Pues ya ve que sí, doctor.

Verónica en tanto gime y se revuelve dolorida.

-¡Hagan algo, por Dios! Siento que me golpea, que me da patadas muy fuertes. ¡Doctor, usted me dijo que todo iría bien! ¡Usted me lo dijo!

-¡Cálmese, cálmese…!

-Lo está haciendo adrede, doctor. Me está golpeando adrede. ¡Me quiere matar!

-Sédenla, rápido -ordena el doctor Prescott a sus ayudantes al entrar en “Urgencias”.

Enseguida se aplica una mascarilla sobre el rostro de la mujer, que no tarda en cerrar los ojos y caer presa de un profundo sopor.

 

Horas más tarde, Verónica despierta en el paritorio.

-Felicidades, señorita Winston, ha tenido usted un niño muy hermoso -le felicita una comadrona.

-¿De… de verdad? ¿Dónde está? ¿Está bien? Algo salió mal, ¿verdad? ¡Díganmelo! ¡Díganmelo!

-No se alarme, señorita; enseguida le traen a su bebé para que usted misma pueda comprobarlo.

-¿Dónde… dónde está mi bebé? ¿Dónde está…?

El doctor Prescott entra en la sala y entrega a Verónica su hijo recién nacido.

-Todo ha salido bien, señorita Winston. El niño se encuentra sano y salvo, tal y como le dije –le confirma el pediatra.

-Mi… mi bebé -exhala la mujer exhausta en tanto que examina y abraza a su pequeño-. ¿De veras todo salió bien, doctor?

-El único sobresalto es que ha sido un niño muy precoz. Por lo demás se encuentra perfectamente. Es usted quien necesita descansar ahora, señorita Winston.

-¿Ha pensado ya cómo va a llamar al niño? –le pregunta la comadrona.

-Samuel, le llamaré Samuel –responde Verónica.

Abrazada a su hijo, Verónica Winston contempla pensativa la fecha de ese día en las hojas de un calendario: 17 de octubre.

 

Los meses pasan rápido, y Samuel crece sin anomalías físicas aparentes. No obstante, su comportamiento resulta extraño a su madre.

-Samuel está bien, mamá… –explica Verónica a su madre por teléfono-. No, ahora no puede; ahora está comiendo… No, no lo sé, mamá… Oye, escúchame una cosa: ¿yo cuando nací era esquiva o miedosa?… Me refiero contigo, mamá, si era esquiva contigo o te rechazaba alguna vez siendo aún bebé… ¿No? Entiendo… No, no te preocupes, mamá, seguro que no es nada… Adiós… Y yo a ti.

Verónica cuelga preocupada. Su hijo, sentado en silencio sobre su sillita de la cocina, la observa con la mirada fija. Un vivo reproche brilla en sus pequeños ojos.

 

En su consulta, el doctor Prescott examina a Samuel.

-Le noto tan temeroso, tan callado -revela Verónica a su pediatra-. Es… es como si me rechazara. Me teme y llora cuando le cojo en brazos, y nunca quiere mamar, sólo quiere el biberón.

-Es normal que algunos bebés se comporten de una manera extraña los primeros meses de vida. Comprenda que está descubriendo el mundo y que todo es nuevo a sus ojos.

-El caso es que Samuel va a cumplir ya un año y… le veo tan callado. Un niño de su edad debería alborotar y reírse, y el mío apenas se ríe. Se pasa las tardes en silencio, y siempre que me asomo a su cuna le encuentro con los ojos abiertos de par en par, como si estuviese meditando algo o urdiendo algún plan.

-¿Meditando algo? –pregunta el doctor sorprendido-. ¿Sobre qué iba a meditar? ¿Sobre cambiar de chupete o no?

-No lo sé, doctor. Estoy tan confundida…

-Lo que tiene que hacer es descansar más; la noto demasiado intranquila, señorita Winston.

-Puede que tenga razón, doctor; a veces me alarmo por tonterías. Seguiré su consejo. Gracias por todo de nuevo.

 

De vuelta en casa, Verónica acuesta a Samuel en su cunita.

Cuando piensa que se ha quedado dormido, apaga las luces y marcha hacia su dormitorio. El bebé abre entonces los ojos de par en par. De su diminuta boca emana una voz ronca y espantosa, impropia de una criatura de su edad:

-Mamá, mamá… –susurra bajo las sombras que le envuelven.

Son sus primeras palabras.

 

Tres años más tarde, Samuel se ha convertido en un niño sano que ha crecido sin complicaciones, aunque su extraño comportamiento sigue intranquilizando a su madre.

Llegada la víspera de su 4º cumpleaños, la preocupación de Verónica se acrecienta:

-¿Qué es esto, Samuel? ¿Sólo una invitación? –pregunta desanimada a su hijo.

-Es una invitación para Timothy.

-¿No vas a invitar a más niños? ¿Ni tampoco a la abuela?

-No.

-¿Y quién es Timothy? Tú no conoces a ningún niño que se llame Timothy.

-Timothy es mi hermano.

Verónica siente que el corazón le da un vuelco.

-Samuel, tú no tienes ningún hermano.

-Sí que lo tengo, me lo ha dicho él.

-¡Samuel, tú no tienes ningún hermano! Así que deja de decir tonterías o te quedarás sin cenar.

El niño dirige a su madre una mirada llena de desprecio.

-Como quieras; pero Timothy vendrá, algún día vendrá, ya lo verás.

Samuel vuelve su atención a sus juguetes. Comienza entonces a tararear una nostálgica melodía.

Al oírle, Verónica se lleva las manos a la boca, a lo sumo sobresaltada.

 

En el supermercado en el que trabaja como dependienta, Verónica Winston ayuda a una clienta a embalar sus artículos en una bolsa de papel. Un cochecito de juguete llama su atención.

Minutos más tarde, Verónica se encuentra reunida con una compañera del trabajo en una cafetería cercana.

-Es como tener un extraño en casa. Mi propio hijo se ha convertido en un extraño, Rachel. Parece… parece echarme algo en cara… algo que he hecho y no sé qué es. Me mira y me odia, puedo sentirlo -se explica Verónica visiblemente disgustada.

-¡Uuuh! ¡Pues prepárate cuando cumpla 15! Al mío ya le he pillado encerrado en el baño con una lata de cerveza y fumando, y me ha dicho que antes de los 18 piensa irse de casa y abandonarme. ¿Qué te parece? ¿Te parece que es así como un hijo debiera hablarle a una madre? ¿Después de lo que me he desvivido por él?

-No… no es lo mismo…

-Sí, sí lo es. O si no, acabará siéndolo, créeme. ¿Te he contado que un día le pillé leyendo una revista pornográfica? ¡Bueno, leyendo…! Leer no creo que leyese mucho, porque esas revistas no se leen, supongo… ¡En fin, qué se yo! El caso es que un día entré en su dormitorio y ahí estaba el amigo, tumbado en su cama como si nada y hojeando esa guarrería. Pero eso no fue todo. ¿Sabes lo que me encontré entre su ropa interior? ¡Un condón, Verónica, un condón! Mi hijo tiene sólo 15 años y ya usa condones. ¿Tú sabes a qué edad empecé yo a usar uno? Verónica, ¿me estás escuchando? ¿Verónica? ¿Verónica?

Rachel continúa hablando, pero Verónica permanece sumida en su propia desgracia.

 

Días más tarde, Verónica Winston entra apurada en el despacho del director de la escuela de Samuel, quien la espera junto a varios profesores.

-Señor Bogarde, ¿qué ha ocurrido? ¿Le ha pasado algo a Samuel?

-Oh, no, no se preocupe, no es nada grave. Tome asiento, señora Winston.

-Señorita Winston.

-Tome asiento, señorita Winston.

-¿De qué se trata?

-Mire, señorita, lo cierto es que venimos observando un comportamiento muy extraño en su hijo desde hace ya un tiempo y…

-Ah, es eso.

-Sí, es eso. Todos sabemos que Samuel es un buen chico, pero…

-¿Cuál es el problema, director?

-Verá, señorita Winston: hoy Samuel le ha dicho a una compañera que su propia madre iba a estrangularla. Y no es sólo eso: en clase se pasa el tiempo haciendo dibujos como éstos.

El director muestra a Verónica unos dibujos en los que aparecen varias mujeres con el vientre rajado y chorreando sangre.

-En… entiendo –responde la mujer abochornada.

-El caso es que Samuel tiene atemorizado al resto de compañeros y…

-Y también le da por hablar solo y escribir redacciones sobre muertes y asesinatos y emplear un lenguaje violento cargado de odio y de rencor, y no sólo en las redacciones de clase –interviene uno de los maestros, que no puede disimular en sus palabras cierto tono de reproche-. Señora –continúa el profesor-, su hijo presenta serias dificultades para socializarse con sus compañeros y entorpece el ritmo de las lecciones.

-¿Y qué quieren que haga yo? -replica Verónica entre sollozos.

-Señorita Winston, creemos que a su hijo le convendría visitar quizá a algún especialista, a un psicólogo tal vez… –expone el director.

Verónica alza la cabeza y clava su mirada en los ojos del señor Bogarde.

-Mi hijo no está loco.

-No, nadie ha dicho eso, ¿verdad? –responde Bogarde, que enseguida busca la complicidad de los profesores, quienes se encogen de hombros-. Mire, Verónica, lo que queremos decirle es que Samuel debería cambiar de aires, eso es todo.

-¿Están expulsando a mi hijo del colegio?

-Señorita Winston, lo que opinamos todos es que Samuel debería acudir a un centro especializado. Aún está a tiempo, el curso no ha hecho más que comenzar. Sabemos de una institución que le acogería con los brazos abiertos.

-¿Qué institución?

-Un lugar donde estaría interno. Samuel necesita estar en contacto con niños de su edad el máximo tiempo posible y emanciparse de usted.

-¿Emanciparse de mí?

-Señorita Winston, permítame presentarle al doctor Matthews, psicólogo de nuestra escuela, que es quien ha realizado el informe de su hijo.

-Buenos días, Verónica –saluda amistosamente el doctor.

-¿De verdad es lo que piensan? ¿Qué mi hijo mejor estaría lejos de mí? –clama Verónica indignada en contra de los presentes.

-Es lo que pensamos, sí –continúa el doctor-, que el niño necesita emanciparse de usted y aprender a ser más disciplinado.

-¿Cómo? ¿Insinúan ustedes que no sé cómo educar a mi hijo?

-Señorita Winston –prosigue el psicólogo-, usted es su madre y es normal que tenga al niño demasiado consentido. No tiene nada de qué avergonzarse.

-¡Ustedes no saben de lo que hablan! –contesta Verónica humillada-. ¡Y no pueden obligarme a mandar interno a mi hijo!

Verónica recoge sus cosas y se dispone a abandonar la sala.

-No, por supuesto que no –trata Bogarde de conciliar los ánimos-. Tan sólo piénselo, señora Winston.

-Señorita Winston.

Verónica se pone en pie y, visiblemente dolida, se encamina hacia la puerta.

 

Aquella tarde, Samuel celebra su fiesta de cumpleaños en su casa junto a su madre.

-Felicidades, Samuel –le felicita Verónica, quien de inmediato le hace entrega de un regalo envuelto.

Samuel ignora el presente y, sentado en el suelo, continúa jugando distraídamente con su propia sombra, proyectada sobre la tarima del salón.

-Samuel, es un regalo muy bonito, ya verás… –trata de convencerle Verónica.

La mujer desenvuelve el regalo con mimo. Se trata de un cochecito como el que días antes viera en el supermercado.

-¿Ves qué bonito es? –dice dulcemente Verónica a su hijo-. Y hasta hace ruido al arrancar.

El cochecito imita el ruido de un motor tras apretar Verónica un botón.

-Es mi regalo, Samuel. ¿No lo quieres?

-No, no lo quiero –responde fríamente Samuel, quien acto seguido vuelve a abstraerse en su extraño juego.

A continuación, el niño comienza a tararear la triste melodía que colmase de terror a su madre.

-Samuel, deja ya de tararear esa canción –le reprende aquélla.

-¿Qué canción?

-La que tarareabas.

-No tarareaba ninguna canción.

-Samuel, no me mientas. ¿Dónde la has oído? Dime dónde has escuchado esa canción.

-Yo no tarareaba ninguna canción.

Verónica se levanta arrebatada y agarra al chico del brazo.

-¡Está bien, amiguito! ¡Se acabó! ¡Se acabaron las consideraciones contigo! –le dice la mujer, persuadida por las observaciones que hiciera el psicólogo.

-¡No, mamá, no! ¡No me mates! ¡No me mates! -grita Samuel atemorizado.

Verónica suelta a su hijo y le mira estupefacta.

-¡Samuel! No… no te voy a matar. ¿Cómo… cómo dices eso?

-¡No te acerques! ¡No te acerques!

-Está… está bien, Samuel, como quieras…

Samuel sube hacia su habitación y cierra de un portazo.

Verónica solloza desolada.

 

Transcurrida una semana, Verónica Winston se despide de su hijo ante las puertas de un internado.

-No quiero ir a este sitio –dice Samuel con tristeza.

-Cariño, ya lo hemos hablado –responde la madre-. Aquí te harás un hombre y, cuando salgas, podrás cuidar de mí.

Verónica intenta besar a su hijo en la mejilla, pero éste la rechaza.

Una monja del centro se acerca a por el niño.

-Samuel Winston, ¿verdad?

-Así es, hermana.

-Ven conmigo, pequeño.

La monja toma al crío de la mano y le conduce hacia el edificio.

-Adiós, Samuel –se despide Verónica con lágrimas en los ojos.

 

Días más tarde, Verónica Winston habla por teléfono con Samuel:

-¿Cómo te encuentras, cariño?

Bien

-¿Te cuidan y te dan de comer lo suficiente? ¿Te ponen salchichas con puré de patata y ketchup como a ti te gusta?

-Sí…

-¿Y te dejan acostarte tarde los fines de semana?

-No…

-¿No? ¿Cómo que no? Pues ya hablaré yo con el director para que te deje, te lo prometo, Samuel.

-Mamá…

-¿Qué, hijo?

-Timothy me ha hablado: dice que quiere verte…

El gesto de Verónica se contrae súbitamente en una mueca de extrañeza y pavor.

-¿Mamá, mamá…? ¿Estás ahí?

Verónica siente erizársele la piel. Incapaz de proseguir la conversación, cuelga el teléfono.

 

Aquella misma tarde, la consternada mujer visita la consulta del doctor Prescott:

-Dígame cómo es posible que mi hijo sepa eso, doctor. Timothy es el nombre que iba a ponerle a su hermano –le explica al médico visiblemente afectada.

-¿Su hermano? ¿Se refiera al bebé que usted abortó?

-Así es. Y también conoce la canción que yo le tarareaba cuando estaba en mi útero, antes de abortar. Además, Samuel nació el mismo día y a la misma hora de la muerte de Timothy.

El doctor Prescott observa atónito a su paciente.

-¿Qué… qué quiere que le diga, señorita Winston? Igual no es más que una casualidad. Igual escuchó esa melodía en alguna cajita de música o en algún juguete que usted tenga por la casa…

–No, no lo creo… Algo… algo tuvo que suceder en mi útero. Algo quedó preso en él, el espíritu de aquel niño, su alma o qué se yo. Algo que le habló, que le susurró a Samuel al oído antes de nacer. Los recuerdos, la memoria del niño muerto… Algo quedó encerrado en mi útero, doctor Prescott. ¿Usted no vio nada extraño en las ecografías?

-Señorita Winston, ¿está usted escuchando lo que dice?

-Sí, doctor, ya sé que todo esto suena muy raro, pero no le veo otra explicación…

-Le dije que necesitaba reposar más y me parece que no me ha hecho caso.

-Lo intento, doctor, en serio que lo intento; pero cómo voy a conseguirlo con la preocupación que tengo con Samuel.

El doctor Prescott tamborilea con sus dedos sobre su escritorio mientras observa atentamente a la mujer que tiene enfrente.

A continuación toma una libreta y escribe en ella.

-Señorita Winston, le voy a recetar estas pastillas –comunica a su paciente en tanto que escribe-, y también quiero que acuda a este doctor. Es amigo mío y muy buen especialista.

Junto a la receta, el doctor extiende a Verónica la tarjeta de un colega.

La mujer la lee escéptica.

-Es la consulta de un psicólogo… –pronuncia abatida.

-Así es.

-Cree que estoy loca, ¿verdad? Cree que le miento, que me lo estoy inventando.

-Señorita Winston, el problema que usted me expone no lo abarcan mis conocimientos. Comprenda que no estoy capacitado para ayudarla. Por esa razón la derivo a un especialista.

-Muy bien, como quiera, doctor…

 

Es Navidad y Samuel ha regresado a casa por unos días.

Un médico psiquiatra ha acudido a examinar al niño, con quien conversa a solas en su habitación.

-¿Cómo le encuentra? –le pregunta Verónica cuando le ve abandonar el dormitorio.

-Le encuentro bien. No he detectado ninguna anomalía. Lo que sí que creo es que tiene mucha imaginación, eso es todo.

-¿Le ha hablado de Timothy?

-Sí, me ha hablado de Timothy.

-¿Y qué piensa?

-¿Qué qué pienso? No es nada extraño que los niños tengan un amigo imaginario a esa edad. Yo también tuve uno, ¿sabe? Se llamaba Bob y le encantaba la crema de cacahuete.

-¿Y no cree…? –Verónica cierra la puerta del dormitorio de Samuel para que éste no pueda oírla-. ¿No cree que mi hijo pueda estar poseído por un espíritu?

El psiquiatra la mira perplejo.

-¿Poseído? Por supuesto que no, señorita Winston. ¿Qué le hace pensar eso?

-Nada, olvídelo…

-¿Se encuentra bien?

-Sí, perfectamente

Verónica despide al psiquiatra y suspira descorazonada. Al ver que su hijo la observa desde el pie de la escalera, se sobresalta.

-Samuel, ¿qué… qué ocurre, hijo?

-¿Se ha ido ya ese señor? –pregunta el niño desconfiado.

-Sí, ya se ha ido…

-Bien. Me voy al cuarto a jugar con Timothy.

Samuel abandona el salón y sube de nuevo hacia su habitación.

Desde la planta principal, Verónica oye a su hijo hablar a solas en juegos. Sonríe burlándose de sus temores. Tal vez fueran éstos infundados y Timothy en verdad se trate de un amigo imaginario de su hijo.

En estos pensamientos anda Verónica abstraída, cuando le parece escuchar una voz extraña y desapacible que le colma de espanto el ánimo.

Lentamente, sube las escaleras hacia el cuarto de su hijo. A sus oídos llegan entonces los ecos de una conversación mantenida entre Samuel y otra persona.

Asustada, la mujer se abalanza sobre la puerta del dormitorio de su pequeño y abre de par en par.

-¡Samuel!

Verónica mira en derredor, pero aparte de a su hijo, no se ve a nadie más en la habitación.

-¿Qué ocurre, mamá? –pregunta Samuel con inocencia.

-¿Con… con quién hablabas?

-Con Timothy, mamá.

-¿Y… y dónde está Timothy?

-Tú no le puedes ver.

-¿Por qué no?

-Porque aún no es el momento.

-¿Qué… qué momento?

-El momento de reencontrarte con él. Dice que está muy cercano, y que se vengará de ti por lo que le hiciste.

Verónica se lleva las manos a la boca y abandona el dormitorio aterrada.

Desde el pasillo oye de nuevo murmurar a Samuel. Se acerca al umbral del dormitorio una vez más y por un resquicio observa a su hijo con el alma en vilo.

-No puedes hacerla daño, Timothy; eso no está bien –dice Samuel, que parece hablar consigo mismo.

-Sí puedo -responde el propio Samuel, pero su voz suena tétrica y siniestra.

Verónica repara entonces en que la sombra de su pequeño, proyectada sobre la pared del fondo, parece la de un cuerpo deforme.

La mujer ahoga un lamento y, sigilosamente, cierra la puerta del cuarto. Descompuesta por el espanto y con los nervios desquiciados, comienza a sollozar en mitad del pasillo.

 

Esa noche, Verónica no puede conciliar el sueño.

De madrugada se levanta y se dirige hacia el lavabo. Ve que hay luz en el cuarto de su hijo. Se asoma a ver.

Samuel no está en su cama.

-¿Samuel…? ¿Samuel?

Verónica busca a su hijo por la habitación, pero no le encuentra.

Sale al pasillo.

La misma sombra deformada que viera el día antes vuelve a reflejarse sobre una de las paredes.

-¿Sa… Samuel? –pregunta a la oscuridad reinante.

Con el gesto demudado por el horror, Verónica lleva su mirada hacia el fondo del estrecho pasillo.

Oculto entre las sombras, un niño deforme la acecha malignamente.

-¡Madre! –exclama la criatura, cuya voz tétrica y siniestra retumba por las paredes de la casa.

            Verónica grita aterrorizada. ¡Es Timothy, que viene a vengarse de ella!

-¡Mammá, mammá! –grita el chico, que echa a correr despiadadamente hacia su madre.

Verónica huye, pero espantada, tropieza con el cochecito que le regalara a su hijo por su cumpleaños y se precipita violentamente escaleras abajo.

Samuel se acerca al cuerpo sin vida de su madre.

-Ya has conseguido lo que querías, Timothy –dice satisfecho.

-Sí, ya lo he conseguido -brota por boca del propio Samuel la voz lúgubre.

-Vamos abajo a desayunar, te prepararé tostadas como a ti te gustan.

-Bueno.

-A ver qué hacemos ahora, Timothy. Supongo que nos entregarán en adopción. ¿Qué te parece? Espero que nos toque una familia con una madre que nos quiera de verdad. Una que nos dé amor, mucho amor, ¿verdad, Timothy? ¿Verdad que eso es lo que a ti te gusta?

-Sí, amor, mucho amor.

-Tranquilo, Timothy, que yo nunca te abandonaré. Nunca, nunca te dejaré sólo porque eres mi hermano. ¡Te quiero tanto, Timothy, tanto!

Samuel se abraza a sí mismo a la vez que se observa en un espejo.

Su cristal refleja la imagen de un niño extraño, un niño horrible de miembros deformados.

Calavera

Miguel S. Coronado

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