La función de títeres

Calavera

En una escuela de Seattle, una joven aguarda frente a la puerta de un despacho.

La puerta se abre y asoma el director. La mujer se pone en pie.

-Señorita…

-Monica Peyton.

-Es verdad, es verdad… Disculpe, hoy tengo mucho trajín.

-No se preocupe.

-Pase, por favor.

-Gracias, es usted muy amable, señor Huges.

Monica Peyton pasa al interior del despacho y se sienta frente a la mesa del director.

-Veamos, así que hoy es su primer día, ¿verdad? -la interroga Huges en tanto revuelve entre un cúmulo de documentos.

-Así es.

-Y será usted la nueva profesora de primaria, ¿cierto?

-Para eso me han contratado.

-¿De dónde es usted, señorita Peyton?

-De un pequeño pueblo de Missouri.

-¿De verdad? No se preocupe, pronto se adaptará a la gran ciudad.

El señor Huges halla al fin el contrato de la joven.

-¡Ah, aquí está! Ahora mismo le enseñaré su aula, señorita Peyton. Pero antes de todo eso, déjeme plantearle una cuestión:

-¿De qué se trata?

-Oh, no se preocupe; el puesto ya es suyo.

-Gracias, muchas gracias, señor Huges.

-Verá, la señora Holland, a quien usted sustituirá, estaba a cargo del espectáculo de guiñoles de la escuela. ¿Se lo habían comentado ya?

-Pues no, no me habían dicho nada…

-¿Tiene algún inconveniente en ponerse al cargo?

-La verdad es que no. Como puede comprobar en mi currículum tengo cierta experiencia en el mundo de la interpretación.

-¿Le gusta improvisar?

-Sí, por supuesto que sí. Y aunque no me gustase, el hecho de ser maestra a cargo de una jauría de críos te obliga a improvisar a menudo –dice Monica esbozando una agradable sonrisa.

-Bien, entonces no tendrá ningún problema en caso de que surjan imprevistos.

-Esperemos que no surja ninguno.

-¿Podría empezar hoy mismo con el guiñol?

-Sin ningún problema.

-Pues por mi parte no hay ningún inconveniente en que firme usted el contrato.

El director tiende a Monica el documento, quien firma encantada.

-Señorita Peyton, felicidades. Desde este momento es usted la nueva profesora de primaria de la escuela metodista del distrito de Fremont.

-¡Oh, gracias! Muchas gracias, señor Huges.

Ambos se levantan y se estrechan la mano.

-La señorita Elovitch, mi secretaria, la acompañará hasta su aula.

-Gracias, gracias de nuevo, señor Huges.

-Es un placer tenerla aquí, Monica.

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El misterio de las cuevas

Calavera

Jim, un guía turístico, se descuelga por una cuerda hacia el interior de una cueva.

-Ya está, ya he tocado suelo firme. Ahora id bajando vosotros -ordena a su grupo, que aguarda en el exterior.

Uno a uno, sus componentes van deslizándose por la cuerda: Wally, un afamado dentista; su mujer, Candice; su amigo Jonathan, y Benjamin, el hijo adolescente de la pareja.

-¡Oh, qué oscuro está esto! –dice Candice.

-Es lo que tienen las cuevas –responde Jim-. Con cuidado; eso es, con cuidado.

El guía ayuda a descender a los visitantes.

-¡Vaya, es fantástico! -dice Wally al admirar la grandiosidad de la caverna, que se ilumina gracias a los focos que portan los cascos de cada uno.

-¿Verdad que sí?

-¿De cuándo datan estas cuevas?

-Las que hemos visitado hasta ahora tienen cientos de miles de años, más de 200.000 alguna de ellas; pero ésta en particular se cree que es la más antigua de todas.

-¿En serio, Jim?

-Sí, aunque aún hay cavidades sin explorar y es pronto para determinar sus orígenes. Por eso su acceso está prohibido al público.

-¿Por qué? ¿Es que temen que haya algún monstruo prehistórico habitando en sus profundidades?

Jim ríe gustosamente.

-No, claro que no; es sólo como medida de precaución.

-Entiendo; gracias por saltarte las normas, Jim.

-De nada, Wally; sólo espero que la próxima vez que vaya a tu consulta no me cobres los empastes.

-Eso dalo por descontado.

El grupo recoge los arneses y avanza por una oscura gruta.

-¡Sí que está oscuro! -dice Candice.

-Habrá menos luz según descendamos; pero tranquilos, nuestros ojos se habituarán.

-¿Y dónde están exactamente esas pinturas de las que nos has hablado, Jim?

-Pronto lo veréis.

Tras un fatigoso caminar, la expedición llega a una espaciosa sala, cuyas paredes están orladas con pinturas rupestres.

-¡Es… es fascinante! ¿Quién… quiénes hicieron estas pinturas? -pregunta Candice sin dejar de admirar los extraños esbozos que cubren las rocas.

-Aún no sabemos si fueron los hombres de Neandertal u otra especie del género Homo anterior.

-¿Anterior?

-Ya os he dicho que estas cuevas tienen cientos de miles de años de antigüedad.

-Pero, ¿estamos hablando de seres humanos?

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