Alicia hipnotizada

Calavera

Inglaterra, 1946

Condado de Sussex

 

En una consulta psiquiátrica, el doctor Morris realiza una sesión de hipnotismo a un paciente, Martin Lockwood, un hombre maduro de ademanes autoritarios.

Martin se halla tumbado en un canapé con los ojos cerrados.

-Bien, señor Lockwood –le dice el doctor, sentado a su lado sobre una silla de esparto-. Ahora sus músculos se hallan completamente relajados y su mente libre de temores, libre de recuerdos. Siéntalos usted… Siéntalos cómo resbalan por su piel y su cuerpo se vacía de ellos. Es usted un hombre nuevo ahora, con una vida nueva por delante. ¿Es capaz de sentirlo?

-Sí, sí.

-Muy bien. Cuando cuente hasta 3 quiero que se imagine a ese hombre nuevo. ¿Ha entendido, señor Lockwood?

-Sí, doctor; creo que sí.

-Concéntrese entonces e imagine: 1… 2… 3. Dígame, Martin: ¿se ve a sí mismo?

-Sí, sí; me veo a mí mismo.

-¿Dónde está? ¿Qué es lo que hace?

-Estoy en mi casa, en mi mansión. Voy atravesando galerías y abriendo una puerta tras otra.

-Eso significa que está usted dispuesto a emprender una nueva vida y dejar atrás el dolor de su pasado. Siga adelante, Lockwood. ¿Qué más ve? Sigue leyendo

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El hombre tras las fotografías

Calavera

Bruce y Miranda Smith, una pareja de mediana edad, contemplan su álbum de fotografías en el sofá de su salón.

-Éstas de aquí son de nuestro viaje a Berna –indica el hombre a su mujer señalando un grupo de instantáneas.

-¿Te acuerdas de este día, Bruce? –continúa Miranda sin apartar su mirada del álbum-. No había forma de que te pusieras los esquís.

-¡Jaja, qué graciosa! ¡Mírate tú en ésta! Te quedaste dormida en la terraza del restaurante y cuando volví por ti tenías la nariz como una zanahoria.

-Fue un gran viaje, ¿verdad?

-¡Y que lo digas! ¿Te acuerdas de la cama del hotel cómo chirriaba?

-¡Oh, Bruce, cómo eres! Yo me acuerdo más de los paisajes nevados y del sol de las montañas.

-Como quieras…

Miranda pasa las páginas del álbum.

-¡Mira! Aquí estás tú haciendo ganchillo –dice sin poder ocultar una sonrisa.

-Ése no soy yo.

-¡Claro que eres tú, Bruce! Querías sorprenderme con un jersey de lana que después tuviste que convertir en bufanda porque no te llegaba el tejido para hacerme las mangas.

-El propósito era que no pasases frío y lo conseguí.

-Ya, claro. Tú siempre tienes un pretexto para quedar bien.

-Mira, éstas otras son del día de nuestra boda –continúa Bruce señalando otras fotografías.

-No me digas…

-Mira cuánto pelo tengo ahí. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya?

-¿Cómo que cuánto tiempo ha pasado? ¿Es que no lo recuerdas?

-¡Claro que lo recuerdo! Era sólo una broma.

-Cuatro años, Bruce, han pasado cuatro largos años.

-Los mejores cuatro años de mi vida.

-¡Oh, cállate de una vez! Además han sido cinco; he dicho cuatro para ver si de verdad sabías cuánto tiempo había pasado desde el día que nos casamos.

-Ya lo sabía.

-Sí, claro…

-¿Quieres que abra otra botella?

-Como quieras.

Bruce se levanta y se dirige al mueble bar mientras Miranda continúa pasando las páginas del álbum.

-Cariño…

-¿Sí? -responde Bruce tras descorchar el vino.

-¿Te… te habías fijado en este hombre de aquí?

-¿Qué hombre?

-Éste que aparece en las fotografías y que no deja de mirarme. Sigue leyendo