Melancolía

 

Aún recuerdo el día
en que me abrazó la melancolía
un susurro, una melodía
a la que mi alma siempre atendía
y que el resto de la gente
no oía.

Un eco oculto, una sinfonía
tristes acordes de despedida
de la que un día fue mi vida,
despiadada armonía
que lo más íntimo de mi corazón atrajo
hacia la torre de un campanario,
triste y solitario,
asilo de mi retiro y de mi llanto
escalones arriba hacia lo alto,
entre nubes de ceniza
y cielos de espanto,
que me separaban del común trato,
de mi fugaz paso,
de la tierra
que un día los hombres hollaron
bajo sus miserables pasos.

Sacrificio inspirado
¿O fui acaso condenado
por una ambición,
por un empeño
demasiado elevado?
Justa sanción
a mi ambición sin colofón,
por querer hacer mías
las incógnitas de la lírica
y brillar más que las estrellas,
noche y día,
al crepúsculo y al mediodía.

Soledad requerida
para sentir los latidos
de mi diva,
de mi musa querida,
perpetua melancolía.

¡Pobre alma viva!
No presagiaba aún los temores,
ni los densos nubarrones,
que enturbiarían mi vida
hasta el fin de mis días..

Remonté mi alma escaleras arriba,
sin prisa
hacia mi ruina,
la tarde ya caía.
Tras una puerta escondida
me pinchó como una espina
el huso de su rueca
gira y gira,
espiral de hipocondría
que me envolvió en un profundo sueño,
que se transformó en pesadilla.

¿Qué has hecho,
alma herida?
¿Acaso fue de valía
probar de la fuente de la sabiduría,
de los senos de la poesía,
y cabalgar a lomos
de la belleza misma,
insaciable arpía,
o simple y vana osadía?

Cuando abrí los ojos
a mi lado ella yacía
desnuda y fría,
la fatal melancolía
flor negra
de belleza incomprendida,
inspiración maldita,
cuyas espinas me mordían
y me abrían las heridas
mientras me ahogaba en su abrazo
como aguacero de marzo,
mar embarrado
en el que vi reflejado
mi propio llanto,
cicatriz con la que me había marcado
el rostro marchitado
de verme condenado
a arrastrarme a su lado
como un esclavo,
pues de mí requería
toda mi atención,
todo mi tacto.
Su susurro
envolvía un engaño
que sembró en mi alma
el inicio
de mis días de quebranto.

Dardo de soledad y sobresalto
el arco de tu violín
en mí ha hecho blanco
y ya no puedo arrancar de mi costado
tu melodía de espanto.
Por mis venas corre ahora
veneno amargo.
Eternamente soy infectado
a entonar
las desgracias de mi corazón
allende abarca la razón..

Horizonte de perdición
tras un mar de desolación.
Olas de frustración
salpicarán ahora mi inspiración.
Más allá de donde luce el sol
una nueva estrella
brillará sin condición,
noche y día,
al crepúsculo y al mediodía,
aunque nadie la aperciba.
El reflejo de mi desdicha
no se extinguirá
con la llegada del nuevo día.
Mi amada melancolía,
por ti alumbraré
hasta el fin de los días..

Miguel Rey

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