El Internado de Saint Martin

Capítulo 2: El viejo caserón

Aquella tarde, los alumnos fueron convocados en la sala capitular del monasterio, donde se ubicaban las aulas. En dos filas paralelas, los chicos formaron ante madame Genevieve, la gobernanta del internado, una mujer con la autoridad inscrita en cada arruga de su rostro.

Con voz grave y déspota, la vieja pasó lista a los internos:

-Antoine Molinet.
-Presente.
-Adrien Petit.
-Presente.
-André Pignon.
-Presente.
-Olivier Pignon.
-Presente.
-Marcel Pussé.
-Presente.
-Joan Sagace.
-Presente –repuso Joan, a quien su condición de nuevo alumno del centro nada intimidaba.

Tras su breve intervención, el audaz muchacho desvió su mirada hacia uno de los ventanales de la sala.

Desde el pabellón reservado a las muchachas, una linda interna le contemplaba a través de la fina capa de lluvia que el cielo comenzaba a descargar. Su mirada ansiosa no podía ocultar la profunda curiosidad que la llegada del nuevo interno había despertado en su ser.

En tanto aquel silencioso romance tenía lugar, la voz áspera de la gobernanta proseguía el recitado de nombres:

-Edouard Signoret.
-Presente.
-Gaspard Simonet.
-Presente.
-Zegnon Zapic.
-Presente.
-Pierre Zicharie.
-Presente –respondió Pierre, el mismo que aquella mañana incordiara a Joan con sus provocaciones.

La voz desabrida del muchacho despertó a Joan de su ensueño, justo cuando madame Genievive daba por concluido el repaso a la lista.

A continuación, la mujer dio pie a un discurso autoritario:

-Como ya sabrán todos ustedes, mañana darán comienzo las lecciones en nuestro internado. Me imagino que los nuevos alumnos ya habrán sido informados sobre el sistema de calificaciones del centro. De todas formas, les refrescaré la memoria para evitar llantos de última hora: Aquél que suspenda una sola asignatura de cualquier evaluación será enviado al Módulo de Formación Especial, situado al otro extremo de estos campos que nos circundan. Con ello se evitará que su torpeza retrase el ritmo de las lecciones, ¿han oído bien?

-Sí, madame Genevieve –asintió a coro el alumnado.

-Han de saber ustedes que aquí no hay sitio para holgazanes ni tolerancia con los perezosos. Los hay de ustedes que pueden haber tenido la suerte de haber nacido más inteligentes que otros; pero basta un poco de disciplina y rigor para que todos puedan aplicarse lo suficiente como para sacar el curso adelante. Por ello se les tratará con dureza y se les exigirá rigor frente al estudio. Aprenderán a ser hombres rectos y a confiar en su razón para no permitir que nadie piense por ustedes. Y todo por el bien suyo y el de Francia.

-Sí, madame Genevieve.

-Nuestra ambición es la de crear una nación fuerte, sabia, digna de los años de gloria que la han engrandecido a lo largo de los siglos. Recuerden que es por la ignorancia de nuestras gentes por lo que ahora nuestro pueblo se ve sometido al poderío alemán. Por dejarse dominar por dirigentes ineptos que nos han conducido a la derrota y han hecho de Francia una marioneta en manos de los nazis.

-Sí, madame Genevieve.

-Disciplina es lo que se necesita. Disciplina para ser fuertes. Es lo que quiere de ustedes su director y el principio sobre el que se fundamenta este internado.

Era evidente que el director Máxime era un hombre con las ideas muy claras. Había llegado al monasterio tres años antes, en 1.940, justo tras la toma de París por los nazis. Al parecer el abad le había cedido la dirección del monasterio para transformarlo en internado, aunque pocos conocían la razón, y desde entonces él representaba la máxima autoridad.

La gobernanta puso fin a su discurso:

-Es todo cuanto tenía que decirles. Recuerden que las normas que rigen el internado las tienen detalladas en los tablones de la biblioteca. En caso de infracción de una sola de ellas ya bien conocen la sanción:

La vieja detuvo ante Joan su mirada amenazante.

-El infractor será enviado a la celda de castigo el tiempo que tenga merecido -completó la propia gobernanta.

-Sí, madame Genevieve –respondió el resto de internos al unísono.

-Bien –asintió la mujer-. Tan sólo déjenme recordarles el primordial precepto del internado: Recuerden que tienen terminantemente prohibida la entrada al viejo caserón que se alza sobre el terraplén –La vieja se refería a la extraña morada deshabitada que había despertado la curiosidad de Joan a su llegada-. Ya bien saben ustedes que su estructura no es segura y que podría venirse abajo el día menos pensado.

-Sí, madame Genevieve.

-Eso es todo; pueden ir.

La noche oscureció pronto el internado. Los internos fueron enviados al dormitorio, ubicado en el cuarto de los novicios, en el que se juntaban no menos de cuarenta camas.

Bajo la tutela de Gauvin, el hijo del director, los pupilos entonaron sus rezos antes de irse a dormir:

-Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, al morir, recibid en vuestros brazos el alma mía.

-Amén –concluyó Gauvin, tras lo cual procedió a extinguir el fuego de las velas que iluminaban la estancia.

Monsieur Gauvin era el tutor de los internos, encargado de velar por que se mantuviese el orden y se obedeciese la conducta exigida por su padre.

-Y ahora, a dormir todos –añadió el joven-. Han de tener la mente fresca para iniciar el curso con buen pie. Recuerden que a partir de mañana comenzarán a ser evaluados.

-Sí, monsieur Gauvin.

-Pues entonces cállense de una vez. No quiero oír ni el zumbido de una mosca, ¿entendido?

Los alumnos guardaron silencio por no irritar a su tutor y provocar su cólera, tan conocida entre los internos.

Tras apagar la última vela, monsieur Gauvin abandonó la sala, lo que aprovechó Simonet para hacerse el gracioso imitando el zumbido de una mosca. El chascarrillo fue recibido con gran alborozo por parte de Pascal Legrand, que junto con Simonet formaba el dúo de inseparables que acompañaba a Pierre en todas sus andanzas en el internado.

En medio de la penumbra del dormitorio, Joan Sagace oyó cómo alguien llamaba su atención:

-¡Pssst! ¡Eh, gallina, despierta!

Joan se volvió y alzó la cabeza. Al hacerlo, la luz de un farol cayó sobre sus ojos.

-¡Eh, gallina! –repitió la voz con desagradable insistencia-. ¿A que no te atreves a ir hasta el viejo caserón? ¿Eh, gallina?

Aunque la luz le cegaba la mirada, aquel timbre de voz se hacía inconfundible:

Era Pierre Zicharie el que le retaba con desprecio.

-Creía que estaba prohibido… –contestó Joan sin amedrentarse.

-¿No os lo dije? No es más que un gallina. Ya está buscando excusas para quedarse en su camita –dijo Pierre a sus dos de amigos.

-Está bien, iré. ¿Pero a cambio de qué?

-¿Cómo que a cambio de qué? ¡A cambio de nada! Es el rito de iniciación que tiene que superar todo novato que llega al internado. Si te niegas, correré la voz de que eres un cobarde y un gallina y serás el “cobarde gallina” el resto de tus días. ¿Es eso lo que quieres?

Joan no necesitó mayor estímulo para ponerse en pie y aceptar el desafío. Tras calzarse y cubrirse con su capa, hizo ademán de marchar a cumplir el rito para acallar las insolencias de aquel chico.

-¡Espera! –le detuvo Pierre antes de que abandonase la estancia-. Ten. Cuando llegues a la cima haznos una señal –El chico le hizo entrega de su pequeño farol.

Joan lo tomó en sus manos y, sin entretenerse más, acudió presto a demostrar su valentía a aquel grupo de entrometidos. Sin demora se internó en la oscuridad de los pasillos y corredores del recinto, guardándose mucho de no ser descubierto por algún monje que pululase por los alrededores a aquellas horas de la noche.

Al instante, Pierre y sus compañeros se abalanzaron sobre el ventanal del dormitorio y se mantuvieron al acecho. La lucecilla del candil no tardó en cruzar el patio a gran velocidad y dirigirse hacia los campos aledaños sin vacilar.

-Parece audaz. ¿Crees que lo conseguirá? –preguntó Simonet sin apartar su mirada de la ventana.

-Seguro que se raja antes de llegar al terraplén. Ya lo veréis. –respondió Pierre con menosprecio.

Joan terminó de cruzar los patios traseros entre la oscuridad reinante. Al compás de sus jadeos, el joven se internó entre la maraña de matas y hierbajos que poblaba los campos colindantes. Pronto alcanzó el pie del terraplén, en cuya cima se asentaba el caserón. Sin desmayo comenzó su ascenso, pese a que el cántico nocturno de las alimañas parecía amenazar su paso a cada instante.

Desde el dormitorio, Pierre y sus compañeros presenciaron cómo la lucecilla trepaba decidida por la ladera del terraplén y conquistaba su cima. La luz osciló entonces de un lado a otro.

La prueba era incontestable: Joan había superado el reto.

-¡Lo ha hecho! ¡Lo ha conseguido! –exclamó Legrand, dichoso de ser testigo de tan gran proeza.

A su voz entusiasmada se unieron las del resto de internos, que se habían acercado curiosos hasta la ventana.

-Vaya con el novato… –pronunció Zapic, uno de los alumnos mayores.

Pierre por su parte callaba. Sus juicios errados respecto al valor del nuevo alumno le hacían tragarse sus palabras y permanecer en silencio. Además, una nueva desazón le había ensombrecido el ánimo. Desazón que pronto saldría a la luz y desvelaría sus temores respecto al viejo caserón.

Joan en tanto se hallaba demasiado alejado como para escuchar los vítores que su hazaña había provocado en el dormitorio. Aun así, su valiente cuerpecito se alteró por la excitación de haber consumado su gesta. Invadido por aquella euforia, tuvo arrestos suficientes para volverse hacia el caserón y contemplar su estampa recortada contra el cielo nocturno. La imagen que se ofrecía a sus ojos era aterradora: De cuando en cuando, el jirón de una cortina danzaba con malicia en el vano de una ventana y Joan tenía la impresión de hallarse ante una aparición espectral. También le había parecido distinguir huellas humanas, las veces que los débiles destellos lunares lograban abrirse paso entre los nubarrones del cielo y alumbraban las inmediaciones de la casa.

Aunque el terror hubiese acobardado a cualquiera, Joan tuvo el valor de calibrar la situación y debatir consigo mismo si era razonable o no adentrarse en el caserón. Lo cierto era que había algo en aquel edificio ruinoso que llamaba poderosamente su atención. Algo que arrastraba su voluntad con más fuerza que un presentimiento. Algo que parecía llamarle desde el interior, invitándole a pasar…

-¡Atención! ¡Viene Gauvin! –resonó la voz de Marcel, otro de los internos, que había sido encargado de vigilar la entrada del dormitorio.

Sin esperar a ver en qué acababa la proeza de su compañero, todos corrieron a ocultarse bajo las sábanas de sus camas antes de que su tutor les reprendiese.

Segundos más tarde, los pasos apresurados de monsieur Gauvin se hacían sentir en la estancia. El joven comprobó que las velas permanecían apagadas y que los internos parecían dormir. Convencido de que todo se hallaba en orden, marchó tras completar su ronda nocturna.

Poco más de una hora después, unas pisadas afelpadas penetraron a hurtadillas en el dormitorio y cruzaron sigilosas la penumbra hasta arrebujarse en una de las camas.

Se trataba de Joan, recién llegado de su aventurada expedición.

-¡Pssst! ¡Joan! –le delató una voz.

El joven se incorporó y miró tras de sí. Era Legrand quien le requería con impaciencia.

-Me llamo Pascal Legrand –se presentó el rollizo muchacho-. Y aquél es Gaspard Simonet –dijo señalando a su amigo, quien hacía rato dormía sobre su cama.

-Todo un placer –repuso Joan lacónico, pues lo único que deseaba en aquellos momentos era irse a dormir después del cúmulo de emociones vividas aquel día.

-Aquél otro es Pierre Zicharie, pero creo que ya os conocéis –añadió Legrand señalando la cama de su otro compañero.

Pierre en tanto fingía dormir.

-Sí, ya nos conocemos.

Joan aprovechó la ocasión para devolverle el candil a Pierre, el cual dejó a los pies de su cama.

-¿Por qué has tardado tanto? –preguntó Pierre, que se incorporó de inmediato al sentir al muchacho.

Parecía inquieto.

-Entré en el caserón y bajé hasta el sótano –le reveló Joan sin perder la calma.

-¿Y qué viste?

-Ya os lo contaré mañana. Ahora dejadme dormir, tengo sueño.

Sin más que añadir, Joan se acurrucó en su lecho y se entregó al sueño. Pierre en cambio no logró calmar su inquietud y se revolvió en su cama. Con el gesto invadido por la preocupación llevó su mirada hacia la ventana. La garganta se le hizo un nudo al contemplar el viejo caserón sobre la cima del terraplén.

Miguel Rey

Léelo el Wattpad 

 

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4 pensamientos en “El Internado de Saint Martin

  1. Intenso, coincidencia entre mi hija y yo. te hace llevar a los años oscuros de aquella maldita guerra. al despotismo o dictaduras que se empleaban en los internados de educación. a los picaros alumnos con los novatos. genial!! nos ha gustado mucho. por cierto…en el párrafo del rezo. Jesús, José, María. Recibid en vuestro brazos el alma mía ( vuestro, no debería llevar “s”)

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Reflexiones

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