UN SALTO DE CONFIANZA

UN SALTO DE CONFIANZA

En un avión, una pareja se prepara para un salto de paracaidismo.

-Enseguida alcanzaremos los 1.000 metros; vayan preparándose -les avisa Bruno, el instructor.

Andrés, el marido, se pone en pie de un brinco y comienza a estirar enérgicamente. Elena, su mujer, permanece sentada en un rincón con el semblante descompuesto.

-¿Te encuentras bien, cariño? -le pregunta el marido.

-Sí… sí. Tú sigue calentando, que ahora voy.

-Uy, uy, uy… No te irás a rajar ahora, ¿verdad?

-Que no, pesado; tú sigue calentando, anda.

-¿Y no sería mejor que te levantases, para ir haciéndote a la idea?

-Estoy mejor así, gracias.

-Ya cariño, pero en breve hay que saltar, ¿verdad que sí, Bruno?

El instructor asiente en tanto comprueba los arneses.

-Bueno, tampoco tenemos por qué hacerlo -sugiere Elena-. Quiero decir, que nadie nos obliga; igual luego te arrepientes y todo.

-Oye, que a mí eso me huele a que te estás echando pa´trás.

Elena asoma tímidamente la cabeza por la escotilla abierta.

-Es que… es que sopla mucho viento ahí fuera. Mira, mejor me quedo que luego me resfrío; salta tú, yo te miro.

-Oye, que ésa no era la idea. La idea era saltar los dos juntos y hacerlo hoy, que es nuestro aniversario. Nos hicimos esa promesa, ¿recuerdas?: “Yo salto si tú saltas.”

-Ay, Andrés; no te pongas dramático.

-No, no, no; no es ponerse dramático. Prometimos que ambos estaríamos dispuestos a cometer cualquier locura el uno por el otro, incluso saltar desde un avión.

-Ya cariño, pero son cosas que se dicen a lo loco, sin pensar, pero que luego no se hacen.

-¿Sin pensar? ¿Y qué pasa con tu promesa de amor? Oye, oye, oye, que no puedes faltar a tu palabra, ¿eh? Si de verdad me quieres y sientes lo mismo que yo por ti, salta conmigo. ¿O es que no sientes lo mismo?

-Yo ahora lo único que siento es mareo.

-Pero cariño, no lo estropees. Se supone que esto es lo más romántico que hemos hecho hasta ahora. Tú imagínate que en la escena del balcón Romeo le dice a Julieta que se marea; pues menuda ruina de función.

-¡No seas mentiroso, Andrés! Que todo esto lo haces para sentirte por encima de mí y ver que te obedezco hasta la estupidez. Lo haces para demostrar que por ti soy capaz hasta de saltar de un avión para luego ir a contárselo a tus amigos del bar. En resumen, que lo haces para que haga lo que tú dices, como siempre. Pero yo no tengo ningún interés en saltar de un avión, ¡hombre!

-Te equivocas, mi vida, te equivocas. Yo esto lo hago sólo porque quiero que me demuestres que me quieres tanto como yo te quiero a ti.

-Ya; pues yo no quiero saltar, y punto.

-¿Y no lo podías haber dicho antes, cuando estábamos en tierra y no ahora? ¿Tú sabes cuánto me ha costado esto?

-Me he dado cuenta ahora, ¿qué pasa?

-Hay que ver qué caprichosa y qué poco comprometida que eres…

-¿Poco comprometida? ¡Y tú qué mandón! Que desde que te han hecho vicepresidente de “Conservas Antúnez” no hay dios que te aguante; que te crees con derecho a dar órdenes a todo el mundo y a hacer lo que te plazca. ¡Y qué pasa con lo que yo quiero, ¿eh? ¿Qué pasa con eso?

-¿Y qué quieres tú, a ver? Dímelo, si puede saberse.

-Pues quiero libertad, y sentirme valorada, y que mi opinión cuente, y que no valga sólo lo que dices tú.

-¿Y no te estoy ofreciendo libertad? -dice Andrés señalando al vasto cielo-. Mira toda la libertad que te doy, y tú vas y te quejas.

-¡Ay, qué hombre! Pero, Andrés, si yo te voy a querer igual salte o no salte.

-¡No, señora! Nada será igual si no saltas; jamás volveré a confiar en ti.

-¡Pues no voy a saltar, hazte a la idea!

-Pues si no saltas lo nuestro se acabó, y punto.

-¡Hay que ver qué cabezota eres! Es lo que me pasa por casarme con un tauro.

-No es cabezonería, es perseverancia; y gracias a ella he llegado a formar parte del consejo presidencial de “Conservas Antúnez,” que ya es más de lo que has hecho tú.

-En conserva te tenían que poner…

-No es por meter prisa, pero si esto se alarga demasiado acabaremos saltando sobre el Atlántico -advierte el instructor.

-Mira, Andrés: lo hablamos en tierra, ¿vale? Créeme que va a ser lo mejor.

-Ése es tu problema, que siempre andas con los pies en la tierra. Por eso tus miras son tan bajas, no como las mías. Elena, que hay que enloquecer de vez en cuando; ¡perder un poquito el control, mujer!

Andrés comienza a dar saltos enérgicos que hacen que el avión se tambalee.

-¡Te quieres estar quieto! Hijo, qué mal te han sentado las clases de zumba; te han comido la cabeza.

-¡Al contrario! Me han sentado fenomenal.

Andrés continúa realizando ejercicios de zumba sin control.

-Andrés, no voy a saltar. Y si estás tan loco como para dejarme por esta tontería, pues se acabó lo nuestro y punto.

-¿Pero de qué tienes miedo, mujer?

-Si tuvieses la delicadeza y la sensibilidad de una mujer me entenderías y dejarías de presionarme.

-Pero, dime: qué puede salir mal.

-Cualquier cosa, Andrés, cualquier cosa.

-¿Cualquier cosa? ¿Cómo qué? Venga, di.

-Imagínate que te da un infarto mientras te precipitas al vacío.

-¿Y por qué me iba a dar a mí? ¿Y por qué no a ti?

-Bueno, pues imagínate que me da a mí el infarto: ¿qué íbamos a hacer, eh?

-Hija, tú es que siempre te pones en lo peor.

-Además, no quiero correr el riesgo de que nuestros hijos se queden huérfanos…

-¿Hijos? Pero qué hijos, Elena, si nosotros aún no tenemos descendencia.

-Está bien, ya que me fuerzas, te lo diré: cariño, estoy embarazada.

-¿Qué? ¿Y me lo dices ahora, cuando estoy a punto de arrojarme al vacío desde 1.000 metros?

-Es que no quería asustarte.

-¿Asustarme? ¿Y cómo te crees que estoy ahora? ¿Feliz como una lombriz?

-¡Pues no haberme presionado!

-No hay problema para saltar, señora -se entromete el instructor-. Es más, igual hasta le viene bien un poco de aire fresco al feto.

-¡Se quiere callar! -le replica Elena.

Andrés mira desconfiado a su mujer.

-Mira que a mí me da que tú me estás mintiendo, Elena.

-¡Que no! Mira, ya siento las contracciones y todo -Elena se espatarra sobre el suelo del avión y comienza a respirar sofocada-. ¡Ay Andrés, que viene! ¡Ay, que viene!

-¿Pero de cuántos meses estás, si ni siquiera te he notado la barriguita? Además, no te pongas de parto ahora, que yo de nociones relativas a lo que viene a ser el parir de una mujer voy muy justito.

-Pues ya que están aquí pueden aprovechar y ver si pasa alguna cigüeña que les lleve el crío a casa -dice el instructor oteando los cielos-. Lo que no me queda claro es, en el caso de dar a luz en un avión, a qué nacionalidad pertenece el bebé.

-Pues a mí lo que no me queda claro es la trola que me estás contando, Elena. ¿Cómo vas a estar embarazada si me tienes a dos velas? Además, que yo recuerde siempre lo hemos hecho con preservativo.

-Que no te estoy engañando, Andrés.

-Es verdad, es verdad; es mucho peor. Estás embarazada, pero no de mí. Tú te estás tirando a alguien; al Rogelio, el de los quesos. Si ya notaba yo un tufillo raro, ya…

-¡No digas tonterías, Andrés! No me estoy tirando a nadie.

-Claro que sí, si todo encaja; por eso no te quieres tirar conmigo, porque tú ya no me quieres. Te tiras a otros, pero eres incapaz de tirarte conmigo del avión.

-¡Que no, Andrés! ¡Que no!

-Pues demuéstrame tu amor y tírate conmigo, venga.

Elena vacila unos segundos.

-Bueno, sí, ¿y qué pasa? -estalla al fin-. Me follo a otro porque tú eres un mojón de marido, un machista y un tirano. Y además follas como el culo, ¡entérate de una vez!

-¿Ah, sí? ¡Pues tú eres una fresca y una guarra, que es peor!

Para sorpresa de ambos, Bruno se despoja de su máscara y descubre su verdadero rostro.

-¡Pero si no es Bruno! Si es el Rogelio, el de los quesos. Ya notaba yo un tufillo raro, ya… -dice Andrés con suspicacia.

-Bizchochito, ¿saltáis ya o qué? -pregunta Rogelio a su amante.

-¿Cómo te ha llamado, el hortera? ¿Bizchochito?

-Y más que me hace -responde Elena.

-¡Pero serás guarra!

Marido y mujer pelean con vehemencia hasta que Elena coge a Andrés por los testículos y le inmoviliza.

-¡Está bien, pesado! ¿No querías saltar? ¡Pues vamos a saltar!

Elena se abalanza con su marido hacia la escotilla y ambos se precipitan al vacío.

El Rogelio salta tras ellos.

-¡Esperad, que voooy!

La pareja continúa la trifulca a 1.000 metros de altura, a 999, a 998…

-He intentado impedirlo, Andrés, pero hay que ver lo cabezota que te pones. No digas luego que no te he avisado.

-¡Zorra! Tú nunca me quisiste; tú sólo querías mi dinero ahora que soy vicepresidente. Sólo querías que te colmara de joyas y de caprichos. Por eso me hiciste contratar un seguro de vida, para el día en que yo muriese, poder quedarte con el… ¡Un momento!

Alarmado, Andrés tira repetidas veces del cordón de apertura, pero su paracaídas no se abre.

-¡Maldita seas! Pero si me has tendido una trampa -balbucea incrédulo-. ¡Los dos! Estabais compinchados como dos espías de la KGB.

-¡Fue idea suya! -se exculpa Rogelio cobardemente.

-¡Pues claro que te hemos tendido una trampa, imbécil! -confiesa Elena a su marido-. A buenas horas te enteras. He intentado recular y perdonarte la vida; pero hijo, no ha habido manera… No me explico que hayas llegado a vicepresidente con lo tozudo que eres. Y ahora, despídete del mundo y deja ya de darme la lata.

-¿Recular? ¿Y por qué querías recular, bizchochito? -indaga Rogelio escamado.

-Lo siento cariño, es que sentía escrúpulos por convertirme en una asesina. ¿Me perdonas?

-Claro, bizcocho; ¡si tu marido pronto dejará de existir! Le quedan 600 metros de vida.

Pese a que está a punto de morir, Andrés se sonríe maliciosamente.

-¿Qué te hace tanta gracia, si puede saberse? -le pregunta Elena extrañada.

-¿Qué te crees? ¿Qué no me había dado cuenta de que me engañabas?

-¿Qué quieres decir? ¿Que lo sabías?

-Mucho antes de subir al avión.

-Entonces, ¿por qué me invitaste a saltar…? ¡Un momento!

Elena tira ansiosa del cordón, pero su paracaídas tampoco responde.

-¡Maldito embustero! ¡Querías deshacerte de mí!

-¡Chúpate esa, empate a uno! Al menos así cumpliremos la promesa que nos hicimos al casarnos: juntos hasta la muerte, “bizchochito.”

-¡Imbécil! ¡Que voy a tener un hijo!

-¿Entonces es verdad lo del hijo? -pregunta Rogelio disgustado.

-¡Pues claro!

-Hay que ver lo bien que le ha sentado al hortera tener un hijo contigo -se mofa Andrés con despecho.

Elena aporrea indiscriminadamente a su marido con puñetazos y patadas, hasta que se percata de que su amante llora desconsolado.

-¿Y a ti qué te pasa ahora, si puede saberse?

-¡Que yo sin ti también me quiero morir, bizchochito!

-¡Cállate, estúpido! ¿No ves que con tu paracaídas nos podemos salvar los dos?

Elena se abraza a Rogelio y mantiene alejado a su marido mediante una nueva tanda de patadas y amenazas. Para su sorpresa, Rogelio se revuelve y se desembaraza de ella.

-¡Que no, bizcocho! ¡Que he dicho que por ti muero y por ti moriré!

-¿Qué le pasa a éste? -pregunta Andrés sin salir de su asombro.

-Es que se ha apuntado al Círculo de Lectores y ahora están con las novelas de Danielle Steel y le ha entrado la vena romántica -le explica su mujer.

-¿Pero qué es lo que viste en este gañán para engañarme con él?

Elena mira a su amante y vacila.

-Pues… la verdad que no lo sé.

-Anda tonta, vente conmigo y empecemos de cero, que yo te perdono.

Elena recapacita unos instantes.

-Date prisa en recapacitar que nos quedan 200 metros y entonces sí que te vienes conmigo, pero derechita a la tumba.

-¿Prometes portarte bien conmigo?

-Te doy mi palabra.

-¿Prometes tener en cuenta mi opinión y valorarme más?

-¡Palabra de vicepresidente! Ven aquí, anda.

Andrés abraza a Elena y frota su nariz contra la de su mujer.

-El beso esquimal, como cuando éramos novios, ¿te acuerdas?

Elena ríe conmovida.

-Sí, me acuerdo.

Marido y mujer se besan con pasión.

-Entonces, ¿me dejas? -pregunta Rogelio abatido.

Elena asiente sin dudar.

-Pues si vuelves con él, entonces sí que me quiero morir.

-Pues entonces no necesitarás esto.

Elena le quita el paracaídas y se lo pone sobre sus hombros.

-Hay que ver lo inestables que sois las mujeres; un día te aman, al otro te precipitan al vacío… ¡No hay quien os entienda!

-Lo siento, amigo -le consuela Andrés-. Trata de ver el lado positivo: si esto fuese una carrera, tú ibas a llegar el primero a la meta.

Andrés y Elena accionan el paracaídas y salvan la vida. Rogelio por el contrario se precipita al vacío.

-¡Adiós, mi bizchochitooo! ¡Siempre nos quedará Marbella!

-¿Fuiste con él a la casa de Marbella? -pregunta Andrés a su mujer.

-Sólo un fin de semana.

-Te perdono otra vez, cariño; sólo para que veas que aquí tienes a un hombre nuevo dispuesto a quererte incluso a 1.000 metros de altura.

-Gracias, mi amor.

-Si es que no hay nada como una buena dosis de adrenalina para combatir el tedio de la vida conyugal, ¿verdad que sí, mi cielo?

-Verdad que sí, mi Andrés.

Andrés y Elena vuelven a besarse.

 

FIN

©Miguel Rey

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