COMPAÑERAS

AVISO: ESTE RELATO PUEDE HERIR LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR

COMPAÑERAS

La puerta del aula se abrió de improviso. Un inspector de policía entró en compañía de un agente e interrumpió la clase. Tras compartir unas palabras con la maestra Simmons, se dirigió a los alumnos. Un pupitre vacío auguraba la desgracia.

—Buenos días, chicos. Soy el inspector Charmes. Como muchos de vosotros ya os habréis enterado por las noticias, vuestra compañera Patricia Kimberly se halla en paradero desconocido. Después de las clases, os entrevistaremos uno a uno. No os preocupéis, serán preguntas muy sencillas y sin ninguna presión. No obstante, si alguno de vosotros recordara algo que pudiera ayudar a esclarecer el caso, sería de gran ayuda que nos lo comunicarais. Como os podéis imaginar, su familia está destrozada, como supongo que lo estaréis todos vosotros. —Los rostros llorosos y las miradas perdidas de la mayoría de los alumnos así parecían confirmarlo—. En fin —continuó Charmes—, esperemos que todo se resuelva pronto y de la mejor de las maneras.

—Eso esperamos, inspector —respondió la maestra Simmons enjugándose las lágrimas—. Patricia es una chica muy querida por todos y no se merece ningún mal.

El inspector se despidió de la clase y abandonó el aula, seguido por el agente.

Apenas se cerró la puerta, el timbre de la escuela anunció el fin de las lecciones.

—Está bien, chicos —se dirigió la maestra a sus alumnos—; creo que esto será todo por hoy. Podéis ir.

Tras la jornada escolar, Marcia, Diana y Lucy —tres compañeras de Patricia Kimberly— abandonaron juntas la escuela.

—¿Qué os ha preguntado el inspector Charmes? ¿Y qué le habéis respondido vosotras? —se interesó Lucy, la más joven de las tres.

—Lo que se suponía —respondieron sus amigas—: que estamos todos muy consternados por lo ocurrido, que Patricia es una chica formidable y que ojalá encierren al que le haya hecho algo.

Lucy rio lisonjera tras escuchar aquello.

—¡Qué falsas sois! Ya os gustaría que apareciera muerta y desangrada en alguna cuneta, con el cuello partido y roída por las ratas.

—Se lo tendría merecido por puta y por engreída —admitió Marcia sin ocultar sus sentimientos.

—Exacto —corroboró Diana—. ¿No le basta con ser la más guapa y la más lista del instituto? ¿De verdad tiene que andar poniendo cachondos a todos los tíos con su melena rubia y sus medidas perfectas? ¿De verdad tiene que adular a los profesores con su sonrisa y reír cada uno de sus chistes? Vale, ya sabemos que eres la más popular, ¿pero en serio tienes que hacerlo notar tanto? No es justo. Es muy fácil ser Patricia Kimberly, pero ¿qué pasa con el resto, eh? ¿Tenemos que vivir a su sombra por no ser tan perfectas como ella? ¡Dios! Simplemente es que no la aguanto. Deberíamos de ser todas iguales y así viviríamos en paz. ¿Quién se ha creído ella que es para dejarnos en tan mal lugar a las demás?

Con un movimiento de cabeza, Marcia aprobó las palabras de su compañera al expresar con tanta fidelidad su propio sentir.

Instantes después, las tres chicas se detuvieron ante un poste telefónico del que pendía un cartel con el rostro de su amiga desaparecida.

—¿Y tú? ¿Qué harías tú si te enterases de que a Patricia le ha sucedido alguna desgracia? —sondeó Marcia a Lucy.

Lucy advirtió enseguida la prueba a la que le sometía su compañera, de cuyo favor dependía para conservar su estatus dentro de la jerarquía del instituto. De perderlo se vería condenada a sentarse a solas durante las comidas.

—¿Qué iba a hacer? Celebrarlo, claro está —respondió forzadamente para no sentirse al margen de la opinión de sus amigas—. Ese día os invitaría a pizza y a batidos, no lo dudéis. Jamás le perdonaré que me robara a mi Rick.

—Pero si ni siquiera era tu novio.

—¡Pero era el chico que me gustaba! Y ella lo sabía. Eso no se le hace a una compañera. Es jugar sucio.

Lucy se sacó de la boca el chicle que mascaba y lo pegó con saña sobre la fotografía de Patricia, aunque se hacía evidente que su gesto no era más que una pose con la que complacer a sus amigas.

—Bueno, ¿qué sorpresa es ésa que me queríais enseñar? —preguntó después.

—Ven con nosotras; te va a gustar. Pero recuerda que has jurado que no se lo dirás a nadie.

—Claro; somos amigas, ¿no?

—Ven, es por aquí.

Marcia y Diana condujeron a Lucy por una calle solitaria hasta los linderos de un bosque, en el que se internaron.

—¿Seguro que es por aquí? Esto está muy alejado —consideró Lucy después de que dejaran atrás los rumores de la civilización.

—No tengas miedo; pronto llegaremos.

Tras veinte minutos de arduo caminar entre la maleza, Marcia y Diana se detuvieron sobre un montículo.

—Aquí es —afirmaron tras otear los contornos.

—¿Aquí? Pero si aquí no hay nada —dijo Lucy, que miraba en derredor confundida.

—Ven, anda.

Marcia y Diana guiaron a su amiga por la ladera opuesta del montículo hasta un caminillo que bordeaba su contorno.

—Tías, ¿dónde cojones me habéis traído?

—¡Shhh! No hagas ruido.

Marcia apartó unas zarzas que crecían al pie del montículo. A la vista quedó una pequeña hendidura que lo horadaba.

—Ven, asómate —indicó a Lucy.

La joven alargó el cuello y atisbó por la rendija. En las entrañas del montículo se abría una especie de búnker que pasaba desapercibido a la vista de cualquier caminante. Sobre su suelo, a varios metros de profundidad, permanecía presa su compañera Patricia Kimberly, atada a una de sus paredes por unas férreas cadenas y cruelmente amordazada. Su aspecto era deplorable: sus cabellos se mostraban sucios y desaliñados, su rostro golpeado y magullado y su uniforme escolar desgarrado y ensangrentado. La chica apenas tenía fuerzas para erguir la cabeza y pedir auxilio.

—¡Es… es Patricia! —balbuceó Lucy, que no daba crédito a lo que presenciaba—. ¿Qué… qué le ha pasado?

—¿No lo ves? La han secuestrado.

—¿Quién?

—Un hombre; la viola y la tortura cada noche.

El rostro de Lucy se descompuso al impacto de la noticia.

—¿Qué? —dijo cuando se recobró—. ¡Te… tenemos que hacer algo! ¡Tenemos que decírselo al inspector!

—¿Para qué? ¿Para que salven a esa guarra y tengamos que volver a soportarla en el instituto un día tras otro? ¿Has perdido el juicio? —repuso Marcia con frialdad.

—Pero ¿no os dais cuenta? Podrían matarla.

—¿Y a ti qué más te da lo que le pase? ¿No decías que tanto te alegrarías si sufriese alguna desgracia? Pues aquí tienes: tus deseos hechos realidad. Deberías estar dando saltos de alegría.

—Sí, Lucy, ¿qué cojones te pasa? —coincidió Diana—. Te trajimos aquí pensando que te alegrarías. ¿En serio quieres volver a ver cómo esa zorra mete mano a Rick en tu cara?

—Vamos, chicas, por muy mal que nos caiga, Patricia es nuestra compañera —repuso Lucy.

—¿Compañera? Yo no veo más que a una rival que el día de mañana podría robarme el novio a mí también.

Lucy tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por contener el llanto.

—Vamos… poneos en su lugar por un momento.

—Sí; hay que reconocer que la pobre debe estar pasándolo fatal sintiendo cómo ese cerdo la penetra cada noche —admitió Diana observando a Patricia desde la abertura—. Pobre Patty. Pero no somos nosotras, así que… ajo y agua.

—De eso se trata, Lucy —añadió Marcia—: de que no somos ni tú ni yo las que estamos jodidas. Además, nosotras no la hemos secuestrado. No hay nada por lo que tengamos que preocuparnos. Ella se lo ha buscado por querer atraer la atención de todos. Ahora es el karma el que dicta sentencia. ¿Y quién soy yo para entrometerme y quebrantar los designios del destino?

—No lo sé… Creo que todo esto está mal —expresó Lucy con temor de contradecir a sus amigas.

—No te preocupes tanto por ella. La muy zorra tiene tanta suerte en la vida que seguro que su secuestrador es superdotado y la hace gemir de placer.

Un crepitar de hojas secas al otro lado del montículo previno a las tres chicas de que alguien se acercaba.

—¡Silencio! Ya está aquí —indicó Marcia a sus compañeras.

A través de la hendidura, advirtieron cómo un hombre sin rostro penetraba en el búnker con unos alicates y despojaba a su prisionera de sus ropas. Patricia intentó forcejear y pedir auxilio a través de la mordaza, mas lo único que consiguió fue excitar más a aquel salvaje.

—Vayámonos antes de que nos descubran —decretó Marcia apartándose de la abertura—. Dejemos que esta zorra se resuelva sus problemas por sí misma y vayamos a tomarnos esos batidos y a hartarnos a pizza, ¿verdad, Lucy?

La joven fue incapaz de articular respuesta.

—¿Qué te pasa, Lucy? ¿Vienes con nosotras o qué? —El tono de Marcia más se asemejaba a un ultimátum que a una invitación—. No querrás convertirte en una marginada el resto de tus días en el instituto, ¿verdad?

Lucy dio definitivamente la espalda a los ruegos y gemidos de su compañera Patricia, que comenzaban a elevarse del fondo del búnker y obedeció con resignación.

—Está bien; voy con vosotras.

—¿Ves? Ya empiezas a entrar en razón —le dijo Marcia triunfante—. Vamos, anda, que te invitamos.

—¡Vayamos al “Malumba”! —propuso Diana con despreocupación—. Allí los retretes están limpios y se puede vomitar a gusto.

—Tú lo que quieres es tirarte al camarero, ¿eh, guarra? —intuyó Marcia con sagacidad.

—¡Oh, sí, Benjamin! ¡Hazme el amor! ¿Crees que se habrá fijado en mis implantes?

—Se fijaría aunque fuese el bateador y tú estuvieses en la última base.

—¿Qué te parece Benjamin, Lucy? —preguntó Diana.

—¡No le hables de Benjamin! —le riñó Marcia—. Ella lo que quiere es lanzarse a por Rick ahora que tiene vía libre; por eso está tan callada, ¿verdad, Lucy?

Lucy se sobrepuso y se apresuró en coincidir con Marcia, como había hecho a lo largo de su paso por el instituto.

—Sí, claro. He de aprovechar esta ocasión que me da la vida —respondió sin emoción aparente—. Vayamos a celebrarlo.

Ni Marcia ni Diana lo apercibieron, pero una lágrima resbaló por la mejilla de Lucy según caminaban de vuelta a su vecindad.

Sería aquélla la última vez que una lágrima empañase su mirada.

© Miguel Rey

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