LA MAJA SE VISTE

LA MAJA SE VISTE

Tras despedirse de los últimos empleados y cerrar las puertas, Martin Sésamo empuñó su linterna y, una noche más, inició su ronda por las salas despobladas del museo.
El recorrido era el mismo que llevaba haciendo durante los últimos doce años, desde que comenzara a trabajar como vigilante del Museo del Prado. Del vestíbulo de la entrada de los Jerónimos se arrastraría hacia la sala 55, la de pintura antigua española; de aquélla pasaría a la 55B, la dedicada a la pintura alemana, y después atravesaría el octógono de esculturas clásicas y recorrería como un autómata el laberinto de salas que abarcan de la 61A a la 67, las de las pinturas negras de Goya y los claroscuros de Rembrandt.

Se reía al recordar el espanto que en sus primeros tiempos como vigilante le provocaban aquellos lienzos, sentimiento que la rutina había transformado en la más completa indiferencia. Casi suplicaba por que alguno de aquellos extraños personajes se volviese hacia él y entablasen conversación con tal de evadirse de su hastío.

Por si su trabajo no fuese condena suficiente para colmarle de aburrimiento, los recortes efectuados por la dirección habían reducido la plantilla, con lo que Martin era el único vigilante nocturno y no tenía a nadie con quien conversar. No era pues de extrañar que, para combatir el tedio, desde hacía ya algún tiempo comenzara a hablarle a los personajes de los cuadros: “Buenas noches, Carlos V, ¿cómo anda su caballo?” “¿Qué tal, Saturno? Hay apetito, ¿eh?” “¿Cómo va ese curro, Hilanderas? ¡Qué faena el turno de noche! ¿Verdad?” “¡Iros ya a dormir, Meninas!” —se le podía oír decir cada vez que entraba en una sala.

Con estos coloquios trataba Martin de amenizar la rutina de su jornada. Y de su vida, pues, al fin y al cabo, la misma monotonía le aguardaba al regresar a su piso de Legazpi; llegaría, se pondría el pijama, haría círculos con los cochecitos del scalextric —tan monótonos como sus rondas en el museo— y, a continuación, se iría a dormir, solo.

Martin lo tenía muy claro: necesitaba encontrar a una compañera que acabara con su soledad y le librara de su monotonía. Alguien que rompiera el círculo de hastío al que se había reducido su vida y le llevase de la mano por nuevos senderos. Alguien a quien mereciese la pena conocer. Un alma gemela que sintiese como él y que le insuflase renovados bríos para recobrar la ilusión de emprender nuevos proyectos, como completar aquella novela que llevaba tantos años acumulando polvo en un cajón.

“Sí —se decía Martin contemplando el cielo estrellado para dejar que sus sueños cobraran altura—; si tan sólo encontrara a mi alma gemela… Lo dejaría todo y me iría con ella.”

Aunque, a decir verdad, el pobre cada vez tenía menos esperanza de que aquello sucediese, al menos en el mundo real. Las pocas chicas con las que había estado le habían resultado una decepción. Como Lucrecia, que le dejó al enterarse de las pocas cifras que contenía su nómina. O Silvia, que se hartó de perder su tiempo con un soñador.

Por tal motivo, además de hablarles, a Martin le gustaba fantasear con las mujeres de los cuadros. Tenía entre sus favoritas a la condesa de Vilches, obra de Madrazo, o a la infanta María Luisa; aunque a la postre todas ellas pertenecían a un linaje que no se correspondía con el suyo. Por eso su preferida era Pepita Tudó, es decir, la maja de Goya, la gran obra del maestro aragonés. Su naturalidad, su aire desenfadado y su singular gracia habían hecho que Martin la situase en un pedestal. O, quién sabe, tal vez presumiese en el triángulo de su vello púbico —justo en el centro del cuadro— la forma ansiada que rompería la monotonía de su vida circular y previsible. Sea como fuere, lo cierto era que el retrato de la maja vestida, que colgaba a su lado, no llamaba tanto su atención.

Como si el deseo guiara sus pasos, Martin ascendió por las escaleras de mármol que daban acceso a la planta superior y se llegó hasta la sala 36.

Allí estaba ella, la maja con quien tanto había fantaseado, desnuda y resplandeciente sobre su canapé de terciopelo verde y su almohada con encajes. Anhelaba con toda el alma que algún día le tendiese la mano y le invitase a tumbarse a su lado.

“Sí; sin duda me iría con ella; lo dejaría todo y me iría con ella” —se dijo Martin, embelesado en la contemplación de su efigie.

El infeliz la saludaba cada noche, pero ella nunca le respondía.

—Buenas noches, maja —le dijo al verla una vez más; y sin esperar respuesta apartó del cuadro la luz de su linterna para continuar la ronda.

—¡Buenas noches, Martin! —respondió una voz jovial a sus espaldas, ya cuando abandonaba la sala.

Martin tardó en reaccionar, pero, cuando lo hizo, volvió a arrojar ilusionado la luz de su linterna sobre el lienzo. ¡Estaba vacío! Es decir, en él seguían representados el canapé y los almohadones, pero de la maja no había rastro.

—¡Buenas noches, Martin! —repitió la voz con la misma soltura.

El vigilante se volvió y, asombrado, la contempló. Era ella, la maja del cuadro, tan desnuda y risueña como aparecía en el lienzo.

La joven le miraba y le sonreía coqueta, orgullosa de sus gracias.

—Bueno, qué, ¿no vas a decirme nada? —le requirió con desparpajo.

La sorpresa y la admiración no permitieron a Martin estar muy inspirado.

—¿Qué… qué haces? —fue todo cuanto se le ocurrió preguntar.

—¿Cómo que qué hago? Cumplir tus deseos.

—Pero… Tú no eres real. Estás hecha de óleo y barniz. Te derretirás al sol, el aire te descompondrá y acabará contigo; y entonces lamentaré haberme enamorado de ti.

—Soy tan real como tú quieras que sea, Martin.

—Pero… me echarán la culpa de que hayas desaparecido.

—Pues desaparezcamos juntos. ¿No era eso lo que querías?

—Sí, pero… pero…

Martin no terminaba de dar crédito a lo que sucedía.

—Pero nada; que me voy contigo, y punto. Además, que ya estoy harta de mostrarle mis encantos a decenas de turistas a diario. Llevo más de 100 años haciéndolo, y hasta aquí hemos llegado. No veas la de descarados que me silban y me susurran guarrerías al oído. Y menos mal que me han puesto el cordón, porque antes hasta me intentaban meter mano y todo. Algún guarro había que trataba de dar la vuelta al cuadro para verme las posaderas.

—¿En… en serio? Vaya, lo siento. No sabía que se pudiese estar tan salido.

—Uy, si yo te contase… ¡La de marranadas que habré visto desde Carlos IV! Figúrate —dijo llanamente la maja—. Nada, nada, que me voy contigo. Además, desde que le trasladaron a la sala 28, el duque de Lerma no me quita ojo —susurró al oído del vigilante.

Martin volvió la mirada hacia la sala contigua. El duque miraba ausente sobre su caballo, aunque a Martin le pareció que un extraño bulto sobresalía de su armadura, uno que no aparecía en el catálogo.

—¡Necesito intimidad! Y ponerme morena, que ese idiota de Goya me ha pintado más pálida que la cera de una vela. ¡Dios! Si parezco una tífica —continuó la maja, contorneándose para mirarse el cuerpo—. Y ya me podía haber estilizado un poco y rebajado unos kilitos, porque vaya lorzas que me ha puesto el condenao.

—Eres preciosa…

—¿Tú crees? ¡Ay, gracias! Eres una monada, Martin Sésamo. Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos?

—¿A… adónde?

—¿Adónde va a ser? ¡A dar la vuelta al mundo!

—¿De verdad quieres venir conmigo?

—¡Claro! ¿No era lo que deseabas?

—¡Sí, sí! Por supuesto.

—Pues espérame fuera; enseguida salgo.

Martin hizo como le decían y aguardó junto a la entrada de la sala. La maja regresó al cabo de unos minutos.

—¡Ya estoy! Vámonos.

No obstante, Martin advirtió que había cubierto su cuerpo con unas ropas.

—Pero… si estás vestida —dijo con cierta desilusión.

—¡Pues claro! No querrás que viaje desnuda, ¿verdad?

Martin atisbó hacia el interior de la sala. La maja vestida estaba ahora desnuda.

—¿Qué pasa? ¿Que ahora la prefieres a ella porque se le ven los pechos? —le reprochó la maja al advertir su desencanto—. ¿No decías que lo que querías era encontrar a tu alma gemela? ¿A alguien que sintiera y pensara como tú? ¿Qué importa que esté vestida? ¿Acaso tu idea de salir de la monotonía es mirarme el culo a todas horas? ¿Es que los tíos no pensáis en otra cosa? Creía que eras diferente, Martin Sésamo; que querrías conocerme, hablar, tomar un café; en fin, conocernos; que te gustaba en realidad.

—Y quiero conocerte, Pepita…

—Ya; pero entre la maja desnuda y la vestida escogiste a la desnuda. ¿Por qué, Martin?

—Pues… pues…

—No respondas; yo te lo diré: porque los tíos sois todos iguales, unos salidos y unos degenerados que no pensáis más que en el sexo. ¿Sabes? Tal vez por eso seas incapaz de encontrar a tu media naranja, porque no eres más que un frívolo y un superficial. Así que confórmate con la primera que se cruce en tu camino y deja de soñar tan alto. Eso sí, de mí ya puedes olvidarte, porque si los tíos del siglo XXI van a ser todos como tú, mejor me vuelvo a mi cuadro.

El rapapolvo hizo reaccionar al vigilante.

—Tú… tú no puedes entender lo que la belleza del cuerpo femenino despierta en un hombre. Además, ¿qué esperabas que hiciese, si vas provocando?

—¿Qué?

—Con el sexo al aire y esa pinta de golfa que tienes. La venus de Botticelli al menos tiene la decencia de taparse un poco; pero tú, hija, vas pidiendo guerra. ¿Cómo no iba a caer en tu red?

—¿Y cómo iba yo a enamorarme de un sátiro como tú? Tú, que no eres más que un vigilantucho de tres al cuarto.

—Luego es cierto que a las mujeres sólo os atrae el poder y la riqueza.

—¡No es verdad! Quería irme contigo a dar la vuelta al mundo, ¿no? Ha sido al comprobar que eras un pervertido cuando he cambiado de idea. Has herido mis sentimientos, Martin. Estaba dispuesta a irme contigo.

—¡Por interés! Porque te pudrías del asco encerrada en tu cuadro. Las mujeres sois todas unas interesadas que vais a lo que vais. Lo mío al menos era sincero.

—¡Lo tuyo era puro vicio! Lo mío era amor.

—¡Ja! Me habla de amor la que necesita empelotarse para llamar la atención. Lo que te digo: vas provocando.

—¡La culpa es de Goya, que me pintó así! Además, me ha servido como prueba para saber de qué pasta estabas hecho, y he de decirte que la has suspendido.

—Pues igual sí, ¿y cuál es el problema? Si me paso horas a solas por las galerías de este museo sin nadie con quien hablar. ¡Si hasta el duque de Lerma se empalma de lo aburrido que está!

—¡Sois todos unos inmaduros! —explotó la maja al cabo.

—Y vosotras unas interesadas.

—¿Pues sabes lo que te digo? Que para seguir discutiendo mejor me vuelvo a mi cuadro. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!

La maja devolvió las ropas a su compañera y regresó a su lienzo. Martin por su parte retomó su ronda y juró no volver a ilusionarse jamás.

Tal vez algunos círculos no estaban hechos para romperse.

© Miguel Rey

Anuncios

Reflexiones

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s