LA CARRERA AL MAR

LA CARRERA AL MAR

La carrera al mar fue su juego favorito durante tres veranos seguidos. Maurizio y Marina eran grandes corredores. Ella era rápida para ser una chica, le ganaba todas las veces. Tal vez porque ya había cumplido los catorce y Maurizio apenas contaba doce. Maurizio, al que todos en Capri llamaban Micio por su temor a las aguas, se frenaba en seco antes de alcanzar la costa. Marina en cambio se zambullía en el agua y, por unos instantes, se perdía de la vista del muchacho. Éste ni siquiera había aprendido a nadar. Aun así, la carrera hasta el mar les divertía mucho más que las canicas, la peonza o las chapas. Fue su juego favorito hasta que pasó lo de la botella. Entonces se acabó el juego.

Ocurrió una tarde, después de que la carrera los llevase hasta la playa. Las olas la arrastraron hasta la orilla. Era una botella antigua, sin etiqueta que la protegiese de las inclemencias del mar. Marina la rescató de las aguas y la limpió de arena. Su interior contenía un papel enrollado, apergaminado tras el paso del tiempo. Lo sacó y leyó. Era una carta de amor. El autor, un tal R. S. Crawford, capitán de barco inglés, le escribía a su amada Roselyn inspirado por la nostalgia y el rumor de las olas. El rostro de Marina se transfiguró en cuanto terminó de leer. Su porte no era ya desgarbado, sino esbelto; su cintura se había reducido a la circunferencia de un anillo; sus pechos se afirmaban sobre su torso. Algo en ella había despertado, sentimientos hasta entonces latentes que germinaron ante los ojos del muchacho. Éste se percató en ese mismo instante de que la mirada de su amiga denotaba que asuntos más importantes que la carrera al mar vinieron a ocupar sus pensamientos. Apenado, se contempló en las aguas. Su rostro no era más que el de un crío.

Micio comprendió aquella tarde que las carreras con Marina habían llegado a su fin.

Conchita, la niña del puerto, a quien doblaba en edad, se convirtió en la nueva compañera de carreras del muchacho. Aunque aquello sólo duró sólo un par de tardes, hasta que Micio comprendió que no eran las carreras lo que echaba de menos, sino a Marina. “¡Te has enamorado, chaval!” —le decían los pescadores al verle pasear su melancolía por el muelle. Micio desconocía qué sentimiento era aquél. Lo cierto era que no hacía más que escribir el nombre de su amiga sobre la arena; aunque las olas acababan borrando sus trazos irremediablemente.

Marina no era nombre de tierra. Era nombre de mar.

La joven se pasaba las tardes junto al muelle, abrazada a la carta del capitán. Suspiraba por que algún día recalara en el puerto y la llevara a bordo de su velero al otro lado del mar. Allá lejos, en lontananza, al sol rojo se lo tragaba el océano cada atardecer; pero al sentir de Micio era el corazón de Marina el que trasponía las aguas. El chico sentía que un mar insondable se interponía entre su amiga y él. Y él no sabía nadar.

Contempló a los pescadores del muelle arrojar sus anzuelos lejos de la costa para dar caza a los peces sin necesidad de adentrarse en el mar. Tal vez eso era lo que debía hacer: convertirse en pescador y arrojar su caña lejos para hacer regresar a puerto al corazón de Marina. Vio también al viejo Enrico, que desamarraba su barca lejos, en la playa del acantilado. También él se disponía a pescar, pero el viejo en cambio se aventuraba mar adentro y conseguía las mejores piezas. Micio siguió la estela de su barca hasta que lo vio perderse allá por donde se ponía el sol. ¿Cómo podía aquel hombre adentrarse en alta mar y exponerse a los peligros del océano? Desconocía la respuesta, pero lo que al menos sabía era que él no iba a rendirse ante la adversidad. Si algo había aprendido de aquellos pescadores era a ser perseverante.

Resuelto a luchar por su amor, aquella noche sacó sus lápices de su estuche y comenzó a escribir una carta, una más emotiva que la del capitán Crawford, con la que esperaba conquistar el amor de Marina. A la luz de una vela se mantuvo en pugna contra el sueño hasta que logró poner por escrito cada latido de su corazón. Había atendido a la escuela en contadas ocasiones y apenas sabía sostener el lápiz con corrección. No obstante, tan sinceros eran los sentimientos que le embargaban que la carta resultó un prodigio, capaz de conmover el ánimo más frío.

—¿Qué haces, Micio? —le preguntó Conchita, la niña del puerto, que se había colado en su casa al ver luz en el interior.

—Escribo una carta a Marina.

—¿Para qué?

—Para decirle que la quiero.

—¿Por qué? ¿No ves que ella te gana siempre en las carreras?

—Algún día la alcanzaré, Conchita. Correré hasta donde ella corre y la ganaré, llegaré antes de que ella lo haga.

—A lo mejor Marina se ha cansado de correr. A lo mejor lo que quiere es nadar y apartarse de la costa.

Micio miró pensativo a su joven amiga, pero no se atrevió a contestar.

Al día siguiente, corrió al puerto a encontrarse con Marina. Se había aprendido la carta de memoria. Se la recitaría a viva voz. No obstante, cuando la vio apoyada sobre el muro del malecón y se acercó a ella, notó que sus ojos estaban arrasados de lágrimas.

—¿Qué te ocurre, Marina?

Al conocimiento de la joven había llegado la noticia de la muerte del capitán R. S. Crawford, acaecida décadas atrás, tal vez siglos. Aquello significaba que jamás tendría ocasión de expresarle lo que por él sentía.

—Él nunca vendrá, Micio —dijo desconsolada—. Ya no quiero saber nada de cartas ni de cuentos de amor. Al fin y al cabo, no era a mí a quien iban dirigidos sus versos.

Marina rompió en pedazos la carta del capitán y los arrojó al mar.

—Embarcaré, sí. Embarcaré en busca de mi propio capitán Crawford —continuó Marina—. Y si es necesario dar la vuelta al mundo, lo haré.

Marina participó a su amigo su intención de hacerse polizón y partir aquel mismo anochecer. El verano acababa y había de aprovechar el buen mar.

—¿Y si tu capitán Crawford estuviese esperándote en la costa? —le sugirió Micio, esperanzado de hacer desistir a su amiga de su empeño.

—Imposible, llamándome Marina. Mi capitán Crawford está allí donde se pone el sol.

Micio pensó avergonzado en su carta, que mantenía oculta en uno de sus bolsillos. Decidió callar. Al fin y al cabo, la había escrito en tierra firme y no había nada de qué enorgullecerse.

Marina marchó, dispuesta a preparar su partida. Micio la conocía bien. Era audaz, como en las carreras; y si decía que se embarcaría, lo haría: abandonaría Capri y tal vez no volvería jamás. Ya se la imaginaba de polizón, escondida en un navío extranjero y distanciándose de la costa. Caminó pensativo a lo largo del muelle hasta la cala del acantilado.

Enrico, el viejo marino, atracaba en esos momentos tras faenar en alta mar.

—¿Qué ocurre, muchacho? —preguntó al chico al verle ensimismado.

—Marina se embarcará al anochecer y tal vez no vuelva a verla.

—¿Y qué te impide ir tras ella, si puede saberse?

—Temo las aguas, por eso me llaman Micio.

El marino descendió de su barca y se acercó al chico.

—Algún día habrás de dejar tierra firme y arriesgarte en alta mar. ¿O acaso crees que vamos a seguir llamándote Micio toda tu vida?

El joven agachó la mirada. El sol ya se ponía.

—¿Sabes? —continuó el pescador divisando las aguas—. Creo que esta noche la mar estará en calma, así que dejaré mi barca desamarrada. Sí, la dejaré desamarrada toda la noche, eso haré.

A continuación, cargó con sus aparejos de pesca y dejó al chico en la playa. Micio sabía que tenía razón. Algún día había de demostrar que se había hecho un hombre. Pues, bien: aquel día había llegado. Contemplaba ensimismado al mar que se extendía hacia el horizonte. Allá lejos, las olas debían batirse con fuerza y los vientos someter con su furia a las pequeñas embarcaciones que osaran aventurarse en sus dominios. Si ya demasiado insoportable era el espanto que le causaban las aguas a la luz del día, mayor era su pánico ahora que las sombras del crepúsculo velaban sus misterios. Vaciló unos minutos, hasta convencerse de que su temor a perder a Marina era mayor que su horror al mar. Empujó, pues, la barca del pescador hacia las olas y subió a bordo. Pese a su escaso peso, el bote se tambaleó y a punto estuvo de caer al agua. Cuando se serenó, tomó los remos y se hizo a la mar, antes de que su imaginación le engañase con quimeras en las que decenas de tentáculos emergían de las aguas y se enroscaban a su balsa. Era su intención rodear la cala y entrar triunfante en el puerto antes de que Marina partiese.

Cuando ésta llegó al muelle, con su hatillo de ropa al hombro, le sobresaltó un chapoteo cercano. Unas voces la llamaron.

—¡Marina! ¡Marina! ¡Te he ganado! ¡Esta vez te he ganado la carrera! —Era Micio, que le gritaba desde la barca.

Conchita, la niña del puerto, se acercó también, atraída por el clamor. Al distinguir a su amigo, participó a Marina el propósito del muchacho.

—¡Vuelve aquí, tonto! ¡No sabes nadar! —le reprendió Marina desde la orilla.

Micio no hizo caso, y, en pie sobre la barca, se revistió con una casaca de capitán de barco que había encontrado en el baúl de su padre.

—¡Arriad las velas e izad el estandarte del amor! Que hoy vengo de lejos a atracar tu puerto y robar tu corazón —declamaba a voz en grito las primeras estrofas de su carta, la cual había guardado en el interior de una botella, como hiciera el capitán R. S. Crawford.

Quiso entonces arrojarla con fuerza hacia la orilla para que llegase a manos de Marina. No obstante, el frenesí le hizo perder el equilibrio y cayó al agua cuando aún le separaba un trecho de la costa. La casaca, que le quedaba holgada, le impedía siquiera chapotear. Micio se ahogaba sin remedio.

—¡Micio! —gritó Marina preocupada.

Al ver que su amigo no daba señales de vida, soltó su hatillo y se arrojó decidida al mar.

—¡Marina! —clamó Conchita desde la orilla.

Marina se adentró entre las olas que sacudían la costa y desapareció bajo la luz de la luna.

Conchita se acercó hacia la mar embravecida y avanzó hasta que el agua le cubrió las rodillas.

—¡Marinaaa! ¡Miciooo! —volvió a chillar. El romper de las olas envolvía su débil voz.

La niña cayó de rodillas sobre el agua y dejó que las olas salpicaran su rostro. Cuando parecía perdida la esperanza, una figura emergió de las aguas. Era Marina, que cargaba con su amigo inconsciente. Conchita corrió en su ayuda. Juntas, tumbaron al muchacho sobre la arena.

—¡Micio, Micio! —trató Marina de despabilarle.

Al ver que no reaccionaba, acercó su boca a la del chico y le insufló su propio aliento. En cuanto sintió la sal de sus labios sobre los suyos, Micio despertó de su sueño; pero lo hizo para caer en otro mucho más dulce. Uno en el que su amiga le besaba sobre las olas y le abrazaba y no le soltaba por mucho que las aguas la reclamasen.

—No te vayas nunca, Marina. Si te vas, me iré contigo —le dijo como en un ensueño.

—Mi capitán Crawford, no vuelvas a darme estos sustos.

Micio lamentó haber perdido la botella con la carta, la cual deseaba haber podido entregar a Marina para que la conservase de por vida. Ésta le tranquilizó y le dijo que no se preocupase, que estaba convencida de que se trataba de una carta muy hermosa. Ya tendría tiempo de recitársela en cuanto se recuperase.

Micio vomitó gran cantidad de agua y volvió a perder el conocimiento. Después, fue trasladado a un hospital cercano, donde se recuperaría de las secuelas de su incidente.

Al día siguiente, Marina paseaba por la playa. No se había marchado. Pensaba en lo ocurrido, en Micio y en la carrera al mar. De pronto, sintió que le echaba de menos al no verle corretear por el puerto. Se acercó hasta la orilla. Las olas arrastraron una botella hasta sus pies. La tomó en sus manos y leyó la carta que guardaba su interior. Era una carta de amor. Esta vez era ella la destinataria. Su mirada resplandeció como si el sol que se perdía tras el horizonte siguiera brillando en sus ojos.

Conchita corrió hasta ella al verla.

—¿Te irás, Marina? —le preguntó curiosa.

—No, no me iré, Conchita —respondió Marina con firmeza—. Al fin y al cabo, Capri no está tan mal.

—No.

—Y si quiero marcharme, podré hacerlo en cualquier otro momento. Tal vez el verano próximo. Ahora Micio me necesita.

—Claro.

Marina tomó a su amiga de la mano y juntas caminaron hacia el malecón. A la tarde irían a ver a Micio al hospital. Aunque ya no le llamarían Micio. En realidad, ya nadie volvería nunca a llamarle así.

©Miguel Rey

(Basado en un planteamiento de un relato de Mariana Torres “Estrella caída”)

Micio: en italiano, gato.

Anuncios

Reflexiones

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s