EL ARTISTA Y LA BELLEZA

EL ARTISTA Y LA BELLEZA

—Mi nombre es René. ¿Verdad, Espejito, que esta cara, estos rasgos que contemplo, son René?

(Son René, sí)

—Dime: ¿cómo es posible que, tras haber sido galardonado en el certamen nacional de nuevos talentos —y que mis pinturas sean cada vez más cotizadas—, cómo es posible, digo, que siga sintiendo este vacío, esta insatisfacción que me revuelve el estómago y deja mi alma perdida en mitad de un páramo?

(Tal vez sea porque te exiges demasiado)

—O quizá haya algo que continúa siendo inalcanzable a mi talento.

(¿Qué es eso que no alcanzas? Dímelo sin temor)

—Tal vez sea una quimera, o simple y vana presunción, el que quiera acariciar la más bella perfección con el arte de mis pinceles. Y, sin embargo, sé que la Belleza existe y que se me resiste, por mucho que las galerías disputen por exhibir mis obras y que los críticos se rindan a mi talento.

(Tus cuadros son espléndidos. ¿A qué viene esta obsesión? No me digas que los efluvios del aguarrás te han turbado la razón)

—Obsesión, bien dices, bendita obsesión, que es la que ha dado forma a mi talento y la que me ha llevado de mediocre a artista excelso. No hay más que hablar, Espejito: por extraordinario que sea mi ingenio, aún me queda un escalón por alcanzar para que mi Arte sea inmortal. Para que el óleo destile por mis venas hasta las yemas de mis dedos y ni pinceles me hagan falta para lograr mi ansiado deseo. Sigue leyendo

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LA RISA

 

LA RISA

La buena surge espontánea,
de manera natural.
Una explosión inesperada,
un tesoro que se abre y se comparte,
que revienta sin más.

A veces la tienes ya al levantar,
aunque tengas que madrugar,
y no desaparece hasta irte a acostar.

Otras, aparece al caminar,
al recordar la brisa
sobre el azul del mar.

La que a mí me gusta
la tienes tú al despertar.

Ahora que me haces falta
no es más que una mueca forzada,
artificial,
que me duele hasta al respirar.

Ahora que me haces falta no aparece
ni aunque la quiera yo provocar.

© Miguel Rey

 

El actor enamorado

Qué triste el día
en que al fin te hacía mía.
Sobre las tablas de un escenario
el milagro sucedía.
Tu preciosa estampa divina
me miraba y sonreía,
y de tu boca
hermosos versos partían
que en mi sedienta alma se hendían
como ansiada agua marina.

El sueño se hacía día.
Bajo una máscara de arcilla
tu alma era al fin mía. Sigue leyendo

Melancolía

 

Aún recuerdo el día
en que me abrazó la melancolía
un susurro, una melodía
a la que mi alma siempre atendía
y que el resto de la gente
no oía.

Un eco oculto, una sinfonía
tristes acordes de despedida
de la que un día fue mi vida,
despiadada armonía
que lo más íntimo de mi corazón atrajo
hacia la torre de un campanario,
triste y solitario,
asilo de mi retiro y de mi llanto
escalones arriba hacia lo alto,
entre nubes de ceniza
y cielos de espanto,
que me separaban del común trato,
de mi fugaz paso,
de la tierra
que un día los hombres hollaron
bajo sus miserables pasos. Sigue leyendo

Niña bonita

 

La pobre de mi niña,
mi niña bonita,
a quien poseía
el embrujo de mi poesía.
A quien colmaba de besos
el arrullo de mis versos
por su cuello terso..
A quien acariciaba con dulzura
la voz íntima de mi pluma,
hasta despojarla
de su resistencia ilusa
la frescura y hermosura
de las licencias
de mi escritura.

Ay, mi niña
mi niña bonita, Sigue leyendo

Amor junto a la orilla del mar

poemar

 

Mujer bella que todos miran al pasar

¿Por qué conmigo ya no quieres hablar

y con tu silencio me quieres condenar?

¿Por qué no me quieres explicar

qué fue lo que te hizo recelar?

Que conmigo ya no quieres conversar,

ni me quieres ya relatar

las veces que te hice yo soñar

junto a la orilla del mar… Sigue leyendo

Poema del Indeciso

gallega

 

He salido a buscarte,

a encontrarme contigo a la calle,

como cada tarde,

sin esperar a que amaine.

He salido a esperar a que cruzaras la avenida

ni coqueta ni decidida,

más bien tímida,

a ver si por una vez me decidía

a revelarte con osadía

lo que por ti desde hace tiempo sentía,

aunque tú ni me conocías,

preciosa estampa divina.

Sigue leyendo

El artista y la belleza

ballete

 

Ayer la vi y la seguí por la avenida.
Ayer la viste, sí, a la bella bailarina,
y seguiste sus pasos hasta el odeón,
y la viste danzar con obsesión
a la bella bailarina.

La vi danzar, sí,
y remontarse y deslizarse como una ola ingobernable…
Y en cuanto llegué a casa
intenté bosquejarla hasta agotarme
y rescatar sus bellas formas,
su elegancia incuestionable,
del papel indomable.

Lo intentaste, sí,
rescatar sus bellas formas
su pureza incuestionable,
del papel indomable…
Pero todos tus esfuerzos fueron en balde,
y todos los bocetos que de ella ensayaste
de ti se burlaron hasta que abandonaste.

De mí se burlaron, sí,
de mi ambición desmedida,
de mi insano afán por conseguirla.
Y desde la cima de sus aires,
desde sus piruetas de ninfa,
me contempló sin antipatía
como al engreído mortal
que deseó seducirla.

Que deseó seducirla, sí,
y que no hizo más que tiznar
a la bella bailarina
con su impericia desmedida
y habilidad poco finas.

La belleza es una bailarina, sí,
que salta y se desliza sobre el escenario,
que se evade y se aparta de mi lado,
y que jamás yacerá a mi costado,
ni se dejará tocar
por mis sucias manos,
por más que trate de estrecharla
entre mis torpes brazos.

Adiós, bailarina, adiós,
este humilde mortal ha desesperado,
de permanecer en tu regazo
y gozar de tu dulce abrazo.

La belleza es una bailarina,
que me rehúye y me da de lado.
Y yo un pobre ser humano
que siempre queda malparado,
y que se lamenta derrotado
de no haberte nunca conquistado.

Miguel Rey

ballete