PECADO ORIGINAL

 

PECADO ORIGINAL

Cuando el tren se detuvo en la estación, mi abuela Mirte esperaba ya en el andén. Me besó, orgullosa de ver a su nieto envuelto en su sotana, con la cruz colgada del pecho y su bonete angulado. Me llevó después hasta la parada del tranvía, en el que partimos hacia su casa de Rotterdam. El seminario para aspirantes al sacerdocio de Willemstad cerraba sus puertas durante la Navidad y, aunque me resultara triste decirlo, no tenía otro sitio en el que recibir la Pascua del Señor. Mi abuela era el único familiar que me quedaba con vida tras la muerte de mi padre, cuyo sentido estricto de la moral cristiana aún pervivía en mí y me martirizaba como un yugo. Sigue leyendo

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LA CARRERA AL MAR

LA CARRERA AL MAR

La carrera al mar fue su juego favorito durante tres veranos seguidos. Maurizio y Marina eran grandes corredores. Ella era rápida para ser una chica, le ganaba todas las veces. Tal vez porque ya había cumplido los catorce y Maurizio apenas contaba doce. Maurizio, al que todos en Capri llamaban Micio por su temor a las aguas, se frenaba en seco antes de alcanzar la costa. Marina en cambio se zambullía en el agua y, por unos instantes, se perdía de la vista del muchacho. Éste ni siquiera había aprendido a nadar. Aun así, la carrera hasta el mar les divertía mucho más que las canicas, la peonza o las chapas. Fue su juego favorito hasta que pasó lo de la botella. Entonces se acabó el juego. Sigue leyendo

LA MAJA SE VISTE

LA MAJA SE VISTE

Tras despedirse de los últimos empleados y cerrar las puertas, Martin Sésamo empuñó su linterna y, una noche más, inició su ronda por las salas despobladas del museo.
El recorrido era el mismo que llevaba haciendo durante los últimos doce años, desde que comenzara a trabajar como vigilante del Museo del Prado. Del vestíbulo de la entrada de los Jerónimos se arrastraría hacia la sala 55, la de pintura antigua española; de aquélla pasaría a la 55B, la dedicada a la pintura alemana, y después atravesaría el octógono de esculturas clásicas y recorrería como un autómata el laberinto de salas que abarcan de la 61A a la 67, las de las pinturas negras de Goya y los claroscuros de Rembrandt. Sigue leyendo

COMPAÑERAS

AVISO: ESTE RELATO PUEDE HERIR LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR

COMPAÑERAS

La puerta del aula se abrió de improviso. Un inspector de policía entró en compañía de un agente e interrumpió la clase. Tras compartir unas palabras con la maestra Simmons, se dirigió a los alumnos. Un pupitre vacío auguraba la desgracia.

—Buenos días, chicos. Soy el inspector Charmes. Como muchos de vosotros ya os habréis enterado por las noticias, vuestra compañera Patricia Kimberly se halla en paradero desconocido. Después de las clases, os entrevistaremos uno a uno. No os preocupéis, serán preguntas muy sencillas y sin ninguna presión. No obstante, si alguno de vosotros recordara algo que pudiera ayudar a esclarecer el caso, sería de gran ayuda que nos lo comunicarais. Como os podéis imaginar, su familia está destrozada, como supongo que lo estaréis todos vosotros. —Los rostros llorosos y las miradas perdidas de la mayoría de los alumnos así parecían confirmarlo—. En fin —continuó Charmes—, esperemos que todo se resuelva pronto y de la mejor de las maneras. Sigue leyendo

UN SALTO DE CONFIANZA

UN SALTO DE CONFIANZA

En un avión, una pareja se prepara para un salto de paracaidismo.

-Enseguida alcanzaremos los 1.000 metros; vayan preparándose -les avisa Bruno, el instructor.

Andrés, el marido, se pone en pie de un brinco y comienza a estirar enérgicamente. Elena, su mujer, permanece sentada en un rincón con el semblante descompuesto.

-¿Te encuentras bien, cariño? -le pregunta el marido.

-Sí… sí. Tú sigue calentando, que ahora voy.

-Uy, uy, uy… No te irás a rajar ahora, ¿verdad?

-Que no, pesado; tú sigue calentando, anda.

-¿Y no sería mejor que te levantases, para ir haciéndote a la idea?

-Estoy mejor así, gracias. Sigue leyendo

El hombre tras las fotografías

Calavera

Bruce y Miranda Smith, una pareja de mediana edad, contemplan su álbum de fotografías en el sofá de su salón.

-Éstas de aquí son de nuestro viaje a Berna –indica el hombre a su mujer señalando un grupo de instantáneas.

-¿Te acuerdas de este día, Bruce? –continúa Miranda sin apartar su mirada del álbum-. No había forma de que te pusieras los esquís.

-¡Jaja, qué graciosa! ¡Mírate tú en ésta! Te quedaste dormida en la terraza del restaurante y cuando volví por ti tenías la nariz como una zanahoria.

-Fue un gran viaje, ¿verdad?

-¡Y que lo digas! ¿Te acuerdas de la cama del hotel cómo chirriaba?

-¡Oh, Bruce, cómo eres! Yo me acuerdo más de los paisajes nevados y del sol de las montañas.

-Como quieras…

Miranda pasa las páginas del álbum.

-¡Mira! Aquí estás tú haciendo ganchillo –dice sin poder ocultar una sonrisa.

-Ése no soy yo.

-¡Claro que eres tú, Bruce! Querías sorprenderme con un jersey de lana que después tuviste que convertir en bufanda porque no te llegaba el tejido para hacerme las mangas.

-El propósito era que no pasases frío y lo conseguí.

-Ya, claro. Tú siempre tienes un pretexto para quedar bien.

-Mira, éstas otras son del día de nuestra boda –continúa Bruce señalando otras fotografías.

-No me digas…

-Mira cuánto pelo tengo ahí. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya?

-¿Cómo que cuánto tiempo ha pasado? ¿Es que no lo recuerdas?

-¡Claro que lo recuerdo! Era sólo una broma.

-Cuatro años, Bruce, han pasado cuatro largos años.

-Los mejores cuatro años de mi vida.

-¡Oh, cállate de una vez! Además han sido cinco; he dicho cuatro para ver si de verdad sabías cuánto tiempo había pasado desde el día que nos casamos.

-Ya lo sabía.

-Sí, claro…

-¿Quieres que abra otra botella?

-Como quieras.

Bruce se levanta y se dirige al mueble bar mientras Miranda continúa pasando las páginas del álbum.

-Cariño…

-¿Sí? -responde Bruce tras descorchar el vino.

-¿Te… te habías fijado en este hombre de aquí?

-¿Qué hombre?

-Éste que aparece en las fotografías y que no deja de mirarme. Sigue leyendo

La función de títeres

Calavera

En una escuela de Seattle, una joven aguarda frente a la puerta de un despacho.

La puerta se abre y asoma el director. La mujer se pone en pie.

-Señorita…

-Monica Peyton.

-Es verdad, es verdad… Disculpe, hoy tengo mucho trajín.

-No se preocupe.

-Pase, por favor.

-Gracias, es usted muy amable, señor Huges.

Monica Peyton pasa al interior del despacho y se sienta frente a la mesa del director.

-Veamos, así que hoy es su primer día, ¿verdad? -la interroga Huges en tanto revuelve entre un cúmulo de documentos.

-Así es.

-Y será usted la nueva profesora de primaria, ¿cierto?

-Para eso me han contratado.

-¿De dónde es usted, señorita Peyton?

-De un pequeño pueblo de Missouri.

-¿De verdad? No se preocupe, pronto se adaptará a la gran ciudad.

El señor Huges halla al fin el contrato de la joven.

-¡Ah, aquí está! Ahora mismo le enseñaré su aula, señorita Peyton. Pero antes de todo eso, déjeme plantearle una cuestión:

-¿De qué se trata?

-Oh, no se preocupe; el puesto ya es suyo.

-Gracias, muchas gracias, señor Huges.

-Verá, la señora Holland, a quien usted sustituirá, estaba a cargo del espectáculo de guiñoles de la escuela. ¿Se lo habían comentado ya?

-Pues no, no me habían dicho nada…

-¿Tiene algún inconveniente en ponerse al cargo?

-La verdad es que no. Como puede comprobar en mi currículum tengo cierta experiencia en el mundo de la interpretación.

-¿Le gusta improvisar?

-Sí, por supuesto que sí. Y aunque no me gustase, el hecho de ser maestra a cargo de una jauría de críos te obliga a improvisar a menudo –dice Monica esbozando una agradable sonrisa.

-Bien, entonces no tendrá ningún problema en caso de que surjan imprevistos.

-Esperemos que no surja ninguno.

-¿Podría empezar hoy mismo con el guiñol?

-Sin ningún problema.

-Pues por mi parte no hay ningún inconveniente en que firme usted el contrato.

El director tiende a Monica el documento, quien firma encantada.

-Señorita Peyton, felicidades. Desde este momento es usted la nueva profesora de primaria de la escuela metodista del distrito de Fremont.

-¡Oh, gracias! Muchas gracias, señor Huges.

Ambos se levantan y se estrechan la mano.

-La señorita Elovitch, mi secretaria, la acompañará hasta su aula.

-Gracias, gracias de nuevo, señor Huges.

-Es un placer tenerla aquí, Monica.

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El misterio de las cuevas

Calavera

Jim, un guía turístico, se descuelga por una cuerda hacia el interior de una cueva.

-Ya está, ya he tocado suelo firme. Ahora id bajando vosotros -ordena a su grupo, que aguarda en el exterior.

Uno a uno, sus componentes van deslizándose por la cuerda: Wally, un afamado dentista; su mujer, Candice; su amigo Jonathan, y Benjamin, el hijo adolescente de la pareja.

-¡Oh, qué oscuro está esto! –dice Candice.

-Es lo que tienen las cuevas –responde Jim-. Con cuidado; eso es, con cuidado.

El guía ayuda a descender a los visitantes.

-¡Vaya, es fantástico! -dice Wally al admirar la grandiosidad de la caverna, que se ilumina gracias a los focos que portan los cascos de cada uno.

-¿Verdad que sí?

-¿De cuándo datan estas cuevas?

-Las que hemos visitado hasta ahora tienen cientos de miles de años, más de 200.000 alguna de ellas; pero ésta en particular se cree que es la más antigua de todas.

-¿En serio, Jim?

-Sí, aunque aún hay cavidades sin explorar y es pronto para determinar sus orígenes. Por eso su acceso está prohibido al público.

-¿Por qué? ¿Es que temen que haya algún monstruo prehistórico habitando en sus profundidades?

Jim ríe gustosamente.

-No, claro que no; es sólo como medida de precaución.

-Entiendo; gracias por saltarte las normas, Jim.

-De nada, Wally; sólo espero que la próxima vez que vaya a tu consulta no me cobres los empastes.

-Eso dalo por descontado.

El grupo recoge los arneses y avanza por una oscura gruta.

-¡Sí que está oscuro! -dice Candice.

-Habrá menos luz según descendamos; pero tranquilos, nuestros ojos se habituarán.

-¿Y dónde están exactamente esas pinturas de las que nos has hablado, Jim?

-Pronto lo veréis.

Tras un fatigoso caminar, la expedición llega a una espaciosa sala, cuyas paredes están orladas con pinturas rupestres.

-¡Es… es fascinante! ¿Quién… quiénes hicieron estas pinturas? -pregunta Candice sin dejar de admirar los extraños esbozos que cubren las rocas.

-Aún no sabemos si fueron los hombres de Neandertal u otra especie del género Homo anterior.

-¿Anterior?

-Ya os he dicho que estas cuevas tienen cientos de miles de años de antigüedad.

-Pero, ¿estamos hablando de seres humanos?

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Mi hermano Timothy

Calavera

En una consulta médica, el doctor Prescott, pediatra, examina el vientre de una mujer en un monitor.

-¿Va todo bien, doctor? –pregunta Verónica Winston, la mujer.

-No hay anomalía de ningún tipo. El niño se encuentra perfectamente.

-¿De verdad? ¿De verdad no me engaña?

-¿Y por qué iba a engañarla? Señora Winston, permítame asegurarle que va usted a tener un hijo muy fuerte y saludable.

-Señorita Winston.

-¡Oh, disculpe! Señorita Winston.

-No sabe qué alegría me da usted, doctor Prescott.

-Me alegro. Ahora cálmese y relájese, no tiene de qué preocuparse. No habrá ningún inconveniente, al menos hasta el parto. Sigue leyendo

Ezra y su cometa

Calavera

Ezra, un niño frágil y taciturno de unos nueve años, salió de su casa y a la carrera cruzó su jardín mientras volaba una cometa.

-No vengas muy tarde, Ezra -se oyó una voz decir desde el interior de la vivienda.

-Descuida, tía.

Ezra atravesó el jardín contiguo al suyo y llamó a la puerta de sus vecinos.

Enseguida le abrió una mujer.

-¿Están Josh y Moulin en casa? –preguntó tímidamente el niño.

-Sí, ahora mismo les digo que bajen. ¡Josh! ¡Moulin! Venid abajo. Vuestro amigo Ezra está esperándoos en la puerta. Sigue leyendo