EL ESCRITOR

EL ESCRITOR

Llevaba horas frente a mi Remington sin que las palabras brotasen con fluidez. O tal vez eran las ideas las que no lo hacían. A mis pies, la papelera rebosaba de intentos fallidos por dar continuación al engendro que tenía entre manos. Era la primera vez que me ocurría algo así. La primera en mi vida como escritor que me planteaba el valor de lo que hacía. Yo, Samuel R. Jazkinsky, afamado novelista de best sellers cuyos libros se vertían en infinidad de lenguas y eran leídos en los rincones más insospechados del mundo, comencé a dudar de cada palabra que las teclas imprimían sobre el papel. De si realmente brotaban de mi originalidad como artista, o no hacía más que repetir los mismos esquemas, novela tras novela; los mismos personajes planos y anodinos; las mismas tramas simples e inconexas y los finales previsibles, a su vez tomados de otros escritores que me antecedieron en el noble arte de la escritura. De escenas cotidianas que yo mismo había presenciado; de anécdotas leídas en un periódico o en un magazine, o escuchadas en la radio o en la televisión. Sigue leyendo

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EL ARTISTA Y LA BELLEZA

EL ARTISTA Y LA BELLEZA

—Mi nombre es René. ¿Verdad, Espejito, que esta cara, estos rasgos que contemplo, son René?

(Son René, sí)

—Dime: ¿cómo es posible que, tras haber sido galardonado en el certamen nacional de nuevos talentos —y que mis pinturas sean cada vez más cotizadas—, cómo es posible, digo, que siga sintiendo este vacío, esta insatisfacción que me revuelve el estómago y deja mi alma perdida en mitad de un páramo?

(Tal vez sea porque te exiges demasiado)

—O quizá haya algo que continúa siendo inalcanzable a mi talento.

(¿Qué es eso que no alcanzas? Dímelo sin temor)

—Tal vez sea una quimera, o simple y vana presunción, el que quiera acariciar la más bella perfección con el arte de mis pinceles. Y, sin embargo, sé que la Belleza existe y que se me resiste, por mucho que las galerías disputen por exhibir mis obras y que los críticos se rindan a mi talento.

(Tus cuadros son espléndidos. ¿A qué viene esta obsesión? No me digas que los efluvios del aguarrás te han turbado la razón)

—Obsesión, bien dices, bendita obsesión, que es la que ha dado forma a mi talento y la que me ha llevado de mediocre a artista excelso. No hay más que hablar, Espejito: por extraordinario que sea mi ingenio, aún me queda un escalón por alcanzar para que mi Arte sea inmortal. Para que el óleo destile por mis venas hasta las yemas de mis dedos y ni pinceles me hagan falta para lograr mi ansiado deseo. Sigue leyendo

PROYECTO TAKAHATA

PROYECTO TAKAHATA

En una comisaría de Madrid, un detenido es llevado hasta una mesa de un rincón. Un bullicio incesante de policías atareados y de teléfonos que no paran de sonar reina alrededor.

El detenido, un varón de complexión alta y robusta, de unos 30 años, causaría el espanto de cualquiera, de no ser por su gesto inocente y por el vestido tradicional de montañera suiza con el que se cubre: saya sonrosada, camisa limón y chaleco encarnado. La nota discordante a su indumentaria la compone un tatuaje en sus nudillos que lee: “White Power.”

La agente sentada frente a él se encarga de abrirle ficha:

—Nombre —le pregunta de manera rutinaria.

—Heidi —responde el detenido con voz cándida e infantil.

—Apellido.

—¡Oh! No tengo apellido, señorita. Soy Heidi, la niña de los Alpes.

—No me sale nada por Heidi. ¿Está seguro de que ése es su nombre? —continúa la agente, que no presta demasiada atención a lo que escribe en su ordenador.

—Bueno, la señorita Rottenmeier me llama Adelaida, pero yo prefiero Heidi —aclara el detenido con amabilidad—. ¿Y usted cómo se llama?

—Tampoco me sale nada por Adelaida. Probaré a mirar en su historial delictivo. ¿Tiene usted antecedentes?

—No, señorita; soy huérfana. Aunque tengo un abuelito con el que vivo en los Alpes desde que tía Dete me dejó con él. Me estará echando mucho de menos…—manifiesta el hombre con nostalgia.

La agente mira extrañada a su interlocutor.

—A ver, déjeme su DNI.

—¡Oh! Creo que yo no tengo uno de ésos, señorita. Pero tengo caramelos de la abuelita de Pedro. Si quiere, puedo darle uno. —El detenido abre una bolsita repleta de dulces y le ofrece amablemente a la mujer.

Su actitud llama la atención del inspector García, que se acerca hasta la mesa.

—¿Qué ocurre?

—Señor, el detenido no aparece en ninguna base de datos y dice que no tiene DNI —responde la agente.

El inspector toma el relevo del interrogatorio.

—Dice usted que se llama Heidi… —se dirige al hombre, leyendo su ficha en el ordenador.

—Así es, señor.

—¿Y qué hace vestido como una niña?

—Porque soy una niña. ¡Que no le engañe mi pelo corto! —responde el reo sin perder su buen humor.

El policía mira confuso.

—¿Es usted travesti? Sigue leyendo

PECADO ORIGINAL

 

PECADO ORIGINAL

Cuando el tren se detuvo en la estación, mi abuela Mirte esperaba ya en el andén. Me besó, orgullosa de ver a su nieto envuelto en su sotana, con la cruz colgada del pecho y su bonete angulado. Me llevó después hasta la parada del tranvía, en el que partimos hacia su casa de Rotterdam. El seminario para aspirantes al sacerdocio de Willemstad cerraba sus puertas durante la Navidad y, aunque me resultara triste decirlo, no tenía otro sitio en el que recibir la Pascua del Señor. Mi abuela era el único familiar que me quedaba con vida tras la muerte de mi padre, cuyo sentido estricto de la moral cristiana aún pervivía en mí y me martirizaba como un yugo. Sigue leyendo

LA CARRERA AL MAR

LA CARRERA AL MAR

La carrera al mar fue su juego favorito durante tres veranos seguidos. Maurizio y Marina eran grandes corredores. Ella era rápida para ser una chica, le ganaba todas las veces. Tal vez porque ya había cumplido los catorce y Maurizio apenas contaba doce.

Maurizio, al que todos en Capri llamaban Micio por su temor a las aguas, se frenaba en seco antes de alcanzar la costa. Marina en cambio se zambullía en el agua y, por unos instantes, se perdía de la vista del muchacho. Éste ni siquiera había aprendido a nadar.

Aun así, la carrera hasta el mar les divertía mucho más que las canicas, la peonza o las chapas. Fue su juego favorito hasta que pasó lo de la botella. Entonces se acabó el juego. Sigue leyendo

LA MAJA SE VISTE

LA MAJA SE VISTE

Tras despedirse de los últimos empleados y cerrar las puertas, Martin Sésamo empuñó su linterna y, una noche más, inició su ronda por las salas despobladas del museo.

El recorrido era el mismo que llevaba haciendo durante los últimos doce años, desde que comenzara a trabajar como vigilante del Museo del Prado. Del vestíbulo de la entrada de los Jerónimos se arrastraría hacia la sala 55, la de pintura antigua española; de aquélla pasaría a la 55B, la dedicada a la pintura alemana, y después atravesaría el octógono de esculturas clásicas y recorrería como un autómata el laberinto de salas que abarcan de la 61A a la 67, las de las pinturas negras de Goya y los claroscuros de Rembrandt. Sigue leyendo

COMPAÑERAS

 

COMPAÑERAS

La puerta del aula se abrió de improviso. Un inspector de policía entró en compañía de un agente e interrumpió la clase. Tras compartir unas palabras con la maestra Simmons, se dirigió a los alumnos. Un pupitre vacío auguraba la desgracia.

—Buenos días, chicos. Soy el inspector Charmes. Como muchos de vosotros ya os habréis enterado por las noticias, vuestra compañera Patricia Kimberly se halla en paradero desconocido. Después de las clases, os entrevistaremos uno a uno. No os preocupéis, serán preguntas muy sencillas y sin ninguna presión. No obstante, si alguno de vosotros recordara algo que pudiera ayudar a esclarecer el caso, sería de gran ayuda que nos lo comunicarais. Como os podéis imaginar, su familia está destrozada, como supongo que lo estaréis todos vosotros. —Los rostros llorosos y las miradas perdidas de la mayoría de los alumnos así parecían confirmarlo—. En fin —continuó Charmes—, esperemos que todo se resuelva pronto y de la mejor de las maneras. Sigue leyendo

UN SALTO DE CONFIANZA

UN SALTO DE CONFIANZA

En un avión, una pareja se prepara para un salto de paracaidismo.

-Enseguida alcanzaremos los 1.000 metros; vayan preparándose -les avisa Bruno, el instructor.

Andrés, el marido, se pone en pie de un brinco y comienza a estirar enérgicamente. Elena, su mujer, permanece sentada en un rincón con el semblante descompuesto.

-¿Te encuentras bien, cariño? -le pregunta el marido.

-Sí… sí. Tú sigue calentando, que ahora voy.

-Uy, uy, uy… No te irás a rajar ahora, ¿verdad?

-Que no, pesado; tú sigue calentando, anda.

-¿Y no sería mejor que te levantases, para ir haciéndote a la idea?

-Estoy mejor así, gracias. Sigue leyendo

El hombre tras las fotografías

Calavera

Bruce y Miranda Smith, una pareja de mediana edad, contemplan su álbum de fotografías en el sofá de su salón.

-Éstas de aquí son de nuestro viaje a Berna –indica el hombre a su mujer señalando un grupo de instantáneas.

-¿Te acuerdas de este día, Bruce? –continúa Miranda sin apartar su mirada del álbum-. No había forma de que te pusieras los esquís.

-¡Jaja, qué graciosa! ¡Mírate tú en ésta! Te quedaste dormida en la terraza del restaurante y cuando volví por ti tenías la nariz como una zanahoria.

-Fue un gran viaje, ¿verdad?

-¡Y que lo digas! ¿Te acuerdas de la cama del hotel cómo chirriaba?

-¡Oh, Bruce, cómo eres! Yo me acuerdo más de los paisajes nevados y del sol de las montañas.

-Como quieras…

Miranda pasa las páginas del álbum.

-¡Mira! Aquí estás tú haciendo ganchillo –dice sin poder ocultar una sonrisa.

-Ése no soy yo.

-¡Claro que eres tú, Bruce! Querías sorprenderme con un jersey de lana que después tuviste que convertir en bufanda porque no te llegaba el tejido para hacerme las mangas.

-El propósito era que no pasases frío y lo conseguí.

-Ya, claro. Tú siempre tienes un pretexto para quedar bien.

-Mira, éstas otras son del día de nuestra boda –continúa Bruce señalando otras fotografías.

-No me digas…

-Mira cuánto pelo tengo ahí. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya?

-¿Cómo que cuánto tiempo ha pasado? ¿Es que no lo recuerdas?

-¡Claro que lo recuerdo! Era sólo una broma.

-Cuatro años, Bruce, han pasado cuatro largos años.

-Los mejores cuatro años de mi vida.

-¡Oh, cállate de una vez! Además han sido cinco; he dicho cuatro para ver si de verdad sabías cuánto tiempo había pasado desde el día que nos casamos.

-Ya lo sabía.

-Sí, claro…

-¿Quieres que abra otra botella?

-Como quieras.

Bruce se levanta y se dirige al mueble bar mientras Miranda continúa pasando las páginas del álbum.

-Cariño…

-¿Sí? -responde Bruce tras descorchar el vino.

-¿Te… te habías fijado en este hombre de aquí?

-¿Qué hombre?

-Éste que aparece en las fotografías y que no deja de mirarme. Sigue leyendo

La función de títeres

Calavera

En una escuela de Seattle, una joven aguarda frente a la puerta de un despacho.

La puerta se abre y asoma el director. La mujer se pone en pie.

-Señorita…

-Monica Peyton.

-Es verdad, es verdad… Disculpe, hoy tengo mucho trajín.

-No se preocupe.

-Pase, por favor.

-Gracias, es usted muy amable, señor Huges.

Monica Peyton pasa al interior del despacho y se sienta frente a la mesa del director.

-Veamos, así que hoy es su primer día, ¿verdad? -la interroga Huges en tanto revuelve entre un cúmulo de documentos.

-Así es.

-Y será usted la nueva profesora de primaria, ¿cierto?

-Para eso me han contratado.

-¿De dónde es usted, señorita Peyton?

-De un pequeño pueblo de Missouri.

-¿De verdad? No se preocupe, pronto se adaptará a la gran ciudad.

El señor Huges halla al fin el contrato de la joven.

-¡Ah, aquí está! Ahora mismo le enseñaré su aula, señorita Peyton. Pero antes de todo eso, déjeme plantearle una cuestión:

-¿De qué se trata?

-Oh, no se preocupe; el puesto ya es suyo.

-Gracias, muchas gracias, señor Huges.

-Verá, la señora Holland, a quien usted sustituirá, estaba a cargo del espectáculo de guiñoles de la escuela. ¿Se lo habían comentado ya?

-Pues no, no me habían dicho nada…

-¿Tiene algún inconveniente en ponerse al cargo?

-La verdad es que no. Como puede comprobar en mi currículum tengo cierta experiencia en el mundo de la interpretación.

-¿Le gusta improvisar?

-Sí, por supuesto que sí. Y aunque no me gustase, el hecho de ser maestra a cargo de una jauría de críos te obliga a improvisar a menudo –dice Monica esbozando una agradable sonrisa.

-Bien, entonces no tendrá ningún problema en caso de que surjan imprevistos.

-Esperemos que no surja ninguno.

-¿Podría empezar hoy mismo con el guiñol?

-Sin ningún problema.

-Pues por mi parte no hay ningún inconveniente en que firme usted el contrato.

El director tiende a Monica el documento, quien firma encantada.

-Señorita Peyton, felicidades. Desde este momento es usted la nueva profesora de primaria de la escuela metodista del distrito de Fremont.

-¡Oh, gracias! Muchas gracias, señor Huges.

Ambos se levantan y se estrechan la mano.

-La señorita Elovitch, mi secretaria, la acompañará hasta su aula.

-Gracias, gracias de nuevo, señor Huges.

-Es un placer tenerla aquí, Monica.

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