PECADO ORIGINAL

 

PECADO ORIGINAL

Cuando el tren se detuvo en la estación, mi abuela Mirte esperaba ya en el andén. Me besó, orgullosa de ver a su nieto envuelto en su sotana, con la cruz colgada del pecho y su bonete angulado. Me llevó después hasta la parada del tranvía, en el que partimos hacia su casa de Rotterdam. El seminario para aspirantes al sacerdocio de Willemstad cerraba sus puertas durante la Navidad y, aunque me resultara triste decirlo, no tenía otro sitio en el que recibir la Pascua del Señor. Mi abuela era el único familiar que me quedaba con vida tras la muerte de mi padre, cuyo sentido estricto de la moral cristiana aún pervivía en mí y me martirizaba como un yugo. Sigue leyendo

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